Alejandro sonrió.
—Eso va a ser difícil para mi ego, pero sobrevivirá.
Fue probablemente la primera vez que Mariana se rió con él desde su regreso.
Reemplazaron el techo, arreglaron instalaciones eléctricas y reforzaron paredes. Alejandro respetó cada decisión de Mariana. Nada extravagante. Nada que transformara su casa en una exhibición de riqueza.
Solo seguridad.
Cuando terminaron, Sofía corrió por las habitaciones recién pintadas como si le hubieran regalado un palacio.
Mariana observó a Alejandro sentado en el piso armando un rompecabezas con la niña.
Por primera vez sintió miedo por una razón distinta.
Ya no temía que él entrara en sus vidas.
Temía que volviera a salir.
—Esto no puede durar para siempre —le dijo una tarde.
—¿Qué cosa?
—Tú aquí.
Alejandro la miró.
—Tienes empresas en Guadalajara, oficinas, viajes, gente que depende de ti. Algún día vas a cansarte del rancho, del pueblo, de jugar al papá.
—No estoy jugando.
—Tú entiendes lo que quiero decir.
—Sí.
Alejandro se acercó, pero dejó suficiente distancia.
—Por eso reorganicé mi trabajo. Compré una oficina en Tepatitlán. Mis directores pueden manejar la operación diaria y yo viajaré solo cuando sea necesario.
Mariana lo observó sorprendida.
—¿Hiciste todo eso sin decirme?
—No quería usarlo para convencerte.
—¿Entonces por qué me lo cuentas?
—Porque me acabas de decir que tienes miedo de que me vaya.
Alejandro respiró profundamente.
—Y quiero que sepas que esta vez tomé decisiones antes de hacer promesas.
Mariana no contestó.
Pero algo cambió.
Meses atrás habría interpretado cualquier movimiento de Alejandro como una estrategia para recuperarla.
Ahora empezaba a observar otra cosa.
Constancia.
Llegó finalmente el momento de las declaraciones formales.
Lucía cumplió su palabra.
Frente a las autoridades reconoció que había tenido conocimiento de las irregularidades y confirmó que don Ernesto supo que Rodrigo era responsable antes de señalar a Mariana.
Rodrigo ya no pudo sostener su versión.
Ante la acumulación de pruebas terminó reconociendo buena parte de las operaciones, intentando reducir su responsabilidad a un error desesperado causado por sus deudas.
Pero una pregunta acabó con esa defensa:
—Si fue un error, ¿por qué permitió durante cuatro años que una mujer inocente cargara con las consecuencias?
No tuvo respuesta.
El proceso terminó con responsabilidades penales para Rodrigo y una reparación económica para Mariana. La resolución oficial también estableció que no existían elementos que vincularan a Mariana con el desvío y reconocía que la acusación había sido falsa.