Una parte era marketing legítimo.
Otra era sostener una imagen que ya no podían pagar.
Los dos hombres se llevaron la Tahoe.
La música no volvió.
La fiesta terminó antes de que sirvieran el pastel.
Mi suegra no lloró delante de todos.
Sólo preguntó:
—¿Cuánto queda de mi operación?
Mauricio dijo:
—Puedo recuperarlo.
—No te pregunté eso.
La cuenta tenía 247,000 pesos.
Faltaban más de ochocientos mil.
Elena se levantó.
—Mañana vamos al banco.
—No necesitas meterte —dijo Mauricio.
Mi esposa lo miró.
—Mi nombre está en los papeles.
Ahí terminó cualquier intento de seguir fingiendo.
Al día siguiente fuimos mis suegros, Elena y yo.
Mauricio llegó acompañado por su contador.
El banco reconstruyó los movimientos.
No todo el dinero había terminado en depósitos de vehículos.
Una parte pagó renta de oficina.
Otra, nómina.
Otra cubrió tarjetas empresariales.
Casi ciento noventa mil pesos se habían transferido a una empresa llamada MZ Experiencias.
—¿Qué es eso? preguntó mi suegro.
Mauricio cerró los ojos.
Era una sociedad creada con su socio, Zacarías León.
Organizaban eventos corporativos y viajes de incentivos.
La mayor parte de las fotografías que Mauricio publicaba desde hoteles no eran vacaciones personales.
Eran viajes de trabajo.
Pero varias facturas cargadas como clientes nunca habían sido pagadas.
—¿Entonces financiabas eventos de empresas con el fondo de mamá?
—Hasta que los clientes pagaran.
—¿Y pagaron?
Algunos sí.
Otros quebraron.
Otros discutían facturas.
La caja familiar había terminado funcionando como línea de crédito privada sin que nadie lo supiera.
Mi suegra preguntó:
—¿Mi cirugía se pospuso por esto?
Mauricio la miró.
—No.
Ella sacó un mensaje viejo de su teléfono.
Seis meses atrás el médico había propuesto operarla.
Mauricio le dijo que esperara porque “el fondo todavía no estaba completo”.
Sí estaba completo.
Él ya había empezado a retirarlo.
Mi suegro se levantó de la silla.
Pensé que lo golpearía.
No lo hizo.
Salió al pasillo.
Yo fui detrás.
—¿Está bien?
—Le di las claves.
—Eso no significa que autorizó esto.
—Pero yo me reía cuando se burlaba de ti.
No supe qué contestar.
Volvimos.
El contador había abierto otra carpeta.
—Hay que revisar también los otros seis vehículos.
Tres estaban asignados a empleados.
Dos al socio de Mauricio.
Uno aparecía a nombre de Elena como “responsable solidaria”.
Mi esposa palideció.
—Yo nunca firmé eso.
Mauricio se frotó la cara.
—Era una formalidad.
Elena casi se rio.
—¿Formalidad para qué?
El contador deslizó un contrato.
Una firma electrónica suya había sido utilizada para respaldar una línea de arrendamiento por 1,300,000 pesos.
—¿De dónde sacaste mi firma?
Mauricio respondió:
—De unos documentos de la empresa familiar.
Elena trabajaba con su padre y meses antes había firmado electrónicamente una renovación de proveedores. Mauricio tuvo acceso al archivo certificado porque su padre le pidió ayuda para enviarlo.
—¿También usaste la firma de papá?
Nadie respondió.
El contador abrió otra página.
Mi suegro aparecía como aval de una línea de crédito distinta.
Monto:
2,100,000 pesos.
—Yo jamás avalé eso.
Mauricio empezó a llorar.
No como en la fiesta.
Sin público.
Sin orgullo.
—Se me salió de control.
Mi suegro preguntó:
—¿Cuánto debes realmente?
El contador contestó.
Entre vehículos, tarjetas, proveedores y créditos:
casi 5,400,000 pesos.
La agencia no valía eso.
Pero todavía tenía clientes, equipo y cuentas por cobrar.
—¿Y la caja de ahorro? preguntó mi suegra.
—Parte se puede recuperar si cobramos facturas —dijo el contador.
Ella negó.
—No quiero promesas.
Quería fechas.
Papeles.
Responsables.
Entonces el gerente del banco encontró un último movimiento.
Una transferencia de 310,000 pesos hecha apenas diez días antes.
Destino:
una concesionaria.
Concepto:
“anticipo unidad diciembre”.
Miré a Mauricio.
Cada diciembre estrenaba coche.
Aquel año ya había elegido el siguiente.
Incluso con la cirugía de su madre pendiente.
Incluso con siete vehículos a punto de ser recuperados.
Mi suegro levantó la hoja.
—¿Qué ibas a comprar ahora?
Mauricio no respondió.
El gerente abrió la factura.
El vehículo no estaba a nombre de Mauricio.