Su cara cambió.
—¿Quiénes son?
El mayor mostró una identificación.
—Recuperación de activos.
—Aquí hay una fiesta.
—Lo sabemos.
Sacó una hoja.
—Necesitamos las llaves de la Chevrolet Tahoe negra estacionada afuera.
Nadie habló.
Mauricio soltó una carcajada demasiado fuerte.
—Debe ser un error.
—No.
El hombre leyó la placa.
Era la suya.
Mi suegra me miró.
Después miró a su hijo.
—Mauricio, ¿qué pasa?
—Nada, mamá.
El hombre continuó:
—También venimos por un BMW blanco, un Audi gris y cuatro unidades más registradas bajo el mismo contrato corporativo.
La sonrisa de Mauricio desapareció.
Yo conocía tres de esos coches.
Los usaban su esposa.
Su socio.
Y dos empleados que aparecían constantemente en sus videos.
—Eso se va a resolver el lunes —dijo Mauricio.
—El contrato ya fue terminado.
—Yo hablé con alguien.
—Entonces esa persona le mintió.
Mi cuñado se acercó al hombre y bajó la voz.
Pero todos alcanzamos a escuchar una frase:
—Ya pagué este mes.
El hombre negó.
—Usted pagó una renovación de exhibición, no las mensualidades atrasadas.
Sentí que algo no cuadraba.
Mauricio nunca había comprado aquellos coches.
Los rotaba mediante un esquema de arrendamiento empresarial para parecer que cada pocos meses estrenaba otro.