La niña corrió hacia mí.
—¡Abuela!
Traía una caja.
Dentro había un pastel de fresas.
—Papá y yo lo hicimos.
Probé un pedazo.
Estaba demasiado dulce y un poco seco.
—Está perfecto.
Daniel se rió.
Nos sentamos.
Cuando el mesero llegó, mi hijo tomó el menú y después me miró.
—¿Qué quieres pedir, mamá?
Miré el vaso de agua frente a mí.
Recordé aquella primera cena.
Luego cerré el menú.
—Lo que yo quiera.
Daniel sonrió.
—Exactamente.
Y esa vez entendí que recuperar mi lugar nunca había significado demostrar cuánto dinero tenía, cuántos documentos estaban a mi nombre ni quién conocía mi historia.
Mi lugar siempre había sido el que yo decidiera aceptar.
Y nunca más volvería a sentarme donde alguien creyera que un vaso de agua era todo lo que yo merecía.