Salvador me miró.
No el documento.
A mí.
Aquella mirada no era la de alguien perdido.
Era demasiado precisa.
Esa noche me tocó prepararlo para dormir.
Le limpié el rostro, cambié su camisa y coloqué sus medicamentos sobre una charola.
Cuando acerqué el vaso, Salvador golpeó dos veces el colchón.
—¿No quiere tomarlo?
Dos golpes otra vez.
Entonces sus ojos señalaron una pequeña cámara instalada sobre la puerta.
Pensé que estaba imaginando cosas.
Hasta que levantó lentamente el índice.
Un movimiento mínimo.
Perfectamente controlado.
Se lo habían descrito como imposible.
Me acerqué.
—¿Puede entenderme?
Una vez.
Sí.
Sentí un escalofrío.
—¿Su familia sabe que puede mover la mano?
Dos golpes.
No.
Salvador señaló la cámara.
Comprendí.
Apagué la lámpara, pero dejé encendida la televisión para cubrir nuestros movimientos.
Después colgué una bata sobre el respaldo de una silla, bloqueando parcialmente el lente.
—Tiene treinta segundos.
Salvador extendió la mano.
Con una lentitud desesperante, movió el dedo sobre la superficie empañada del vaso que acababa de sacar del baño.
Escribió una palabra.
VENENO.
Me quedé inmóvil.
Él borró inmediatamente las letras.
Después señaló sus medicamentos.
—¿Está diciendo que alguien le está dando algo?
Un golpe.
Sí.
—¿Quién?
No respondió.
En cambio, señaló el cajón de su buró.
Dentro encontré cinco cajas de pastillas.
Cuatro coincidían con la lista médica.
La quinta no.
No tenía etiqueta de farmacia.
Solo una calcomanía amarilla con una letra escrita a mano:
“M”.
Antes de poder revisarla, escuché pasos en el pasillo.
Guardé todo.
Regina abrió la puerta sin tocar.
—¿Algún problema?
—Ninguno.
Miró la silla frente a la cámara.
Luego a mí.
—Mi padre tiene episodios de confusión. Si intenta decirle cosas, no las tome en serio.
Salvador parecía dormido.
Regina sonrió.
—Mañana vendrá el notario. Será un día importante.
Cuando salió, Salvador abrió los ojos.
A la mañana siguiente descubrí qué significaba.
Mientras preparaba su desayuno, escuché a Mauricio hablando por teléfono en la terraza.