MANDÉ POR ERROR A MI MAMÁ LAS FLORES QUE HABÍA COMPRADO

Nunca le dije la verdad. Iván tampoco. Con el tiempo nuestra relación terminó por otras razones y aquella tarjeta adquirió una ironía que solo yo conocía: las palabras originalmente escritas para un hombre que finalmente salió de mi vida terminaron guardadas por la mujer que había estado presente desde el principio.
Tres años después, Teresa todavía conserva la tarjeta. Ya no vive esperando flores. Sale con amigas, retomó clases de pintura y aprendió algo que a veces le cuesta practicar: llamar cuando tiene miedo antes de decidir que está molestando. Nosotros también cambiamos. Dejamos de interpretar su silencio como prueba de que todo estaba bien.
A veces pienso en aquella tarde y en el segundo exacto en que seleccioné la dirección equivocada. Durante horas creí que había cometido una torpeza. Ahora sé que el error había ocurrido mucho antes: habíamos convertido a mi madre en la persona que cuidaba de todos hasta olvidar preguntarnos quién cuidaba de ella.
Así que nunca corregí aquella entrega.
Porque, de todas las equivocaciones que he cometido, aquella fue la única que llegó exactamente a la persona que más necesitaba recibirla.

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