Volví del pueblo y los vi en el porche, tasando la casa mientras Carmen dormía con el medallón de su marido en la mano. Ellos reían con copas en la mesa, nosotros sin dinero para su medicina. Uno me dijo: “A esa vieja solo hay que dejarla sin nada”. No grité, cerré la verja, llamé a la notaria de Aracena y entonces vi que el arcón ya estaba forzado.

PARTE 2
Durante las semanas siguientes, Lucía devolvió vida a El Castañar. Mateo volvió a reír corriendo detrás de Bruno, e Inés se convirtió en la sombra de Carmen. La anciana le enseñaba a coser, a distinguir el romero de la melisa y a escuchar el campo antes de una tormenta. Por primera vez, los 4 comían como una familia.
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Pero en Valdeolmos corrió el rumor de que Carmen pensaba dejar la finca a “una desconocida”. En la tienda, varias vecinas llamaron a Lucía oportunista y se negaron a fiarle incluso las medicinas de Carmen. La anciana no cedió.
—Cuando enviudé, nadie vino a sentarse conmigo. Ahora todos recuerdan que existo porque temen que decida por mí misma.
La noticia llegó a Madrid. Alberto y Raúl, los 2 hijos de Carmen, aparecieron un domingo en un todoterreno. No preguntaron por su salud. Exigieron hablar de la herencia.
Alberto ofreció dinero a Lucía para que se marchara y después la amenazó con acusarla de manipular a una anciana vulnerable. Lucía tembló, pero no bajó la cabeza.
—Mientras ella quiera que me quede, me quedaré. No por esta finca. Por ella.
Carmen golpeó el suelo con el bastón.
—Esta casa es mía. Y la puerta está detrás de vosotros.
Alberto se fue furioso. Antes de subir al coche, miró a Lucía y prometió que aquello no había terminado.
10 días después, desapareció del dormitorio de Carmen el medallón de oro que guardaba la fotografía de su marido muerto.