Celebraron como millonarios con el dinero que yo había ahorrado durante cinco años, pero al llegar la cuenta de $286,400 todas las tarjetas fueron rechazadas. Mi esposo suplicó: “No me hagas esto delante de mi familia”. Yo cerré la última caja y contesté: “Sigan festejando, ahora les toca resolverlo”. Lo que ninguno sabía era que yo ya había encontrado pruebas de para qué querían sacar otros $300,000.

PARTE 3
Mi hermana Fernanda llegó diez minutos después y me encontró frente a la computadora, leyendo por tercera vez la promesa de pago.
—¿Él puede ponerte como responsable sin tu firma? —preguntó.
—No.
—Entonces mañana vas con un abogado.
No estaba llorando. Tampoco estaba furiosa. Sentía algo peor: la sensación de que mi matrimonio ya había terminado y mi cuerpo apenas empezaba a entenderlo.
Fernanda me ayudó a reunir escrituras, estados de cuenta, comprobantes de la hipoteca y nuestras capitulaciones matrimoniales.
A las 10:18 Rodrigo llegó.
Lo supe porque intentó abrir con su llave y después empezó a tocar el timbre.
—¡Daniela! ¡Abre!
Yo había cambiado la cerradura esa misma tarde después de consultar por teléfono a un abogado conocido de mi trabajo. Le expliqué que el departamento era mío desde antes del matrimonio, que estábamos casados por separación de bienes y que quería terminar la convivencia. Me recomendó documentar todo, no retener sus pertenencias y evitar cualquier confrontación.
Por eso sus cajas ya estaban listas.
Miré por la mirilla.
Rodrigo estaba despeinado, con la camisa fuera del pantalón. Detrás de él estaba Yolanda, todavía con el vestido brillante de la fiesta, pero sin nada de la seguridad con la que aparecía en sus fotos.
—Abre —ordenó ella—. Tenemos que hablar como familia.
Salí al pasillo con Fernanda detrás de mí.
—Rodrigo puede recoger sus cosas mañana con alguien presente.
—¿Qué cosas? —gritó él—. ¡Yo vivo aquí!
—Vivías aquí conmigo. Ya no quiero seguir casada contigo.
Yolanda abrió los ojos.
—¿Por una cena?
—No es por una cena. Es porque ustedes planearon sacar dinero de mi cuenta sin decírmelo. Primero para la fiesta y luego para una camioneta.
Rodrigo se quedó pálido.
—Revisaste mis mensajes.
—Encontré lo que necesitaba encontrar.
—Eso es una invasión a mi privacidad.
Fernanda soltó una risa seca.
—Qué curioso que la privacidad te preocupe después de usar una tarjeta que no era tuya.