EL PROFESOR DIJO QUE MI COMPAÑERA PERDERÍA EL EXAMEN

Parte 3:
Salcedo intentó corregirse. Dijo que había escuchado comentarios parecidos en los pasillos y que cualquiera podía saber que Jimena estaba inconforme. Nadie lo acusó en ese momento de haber leído una encuesta anónima. Los evaluadores simplemente anotaron su respuesta y terminaron la reunión.
Durante las semanas siguientes descubrimos que la historia era menos espectacular de lo que empezamos a imaginar, pero también más seria. Salcedo no había hackeado ningún sistema ni recibido una lista secreta con nombres y opiniones. El problema estaba en cómo se había aplicado aquella encuesta.
Para identificar grupos y evitar respuestas duplicadas se habían generado formatos con códigos. Los estudiantes no sabíamos qué significaban. Los profesores debían recibir únicamente resultados agrupados, pero una persona del área académica había compartido con varios docentes archivos de trabajo que conservaban información suficiente para relacionar algunos códigos con grupos, horarios y registros de entrega.
No siempre permitía identificar a una persona. En grupos pequeños y ante comentarios que describían situaciones concretas, sin embargo, era posible deducir quién había escrito ciertas críticas.
Salcedo admitió que había reconocido el comentario de Jimena porque mencionaba la discusión sobre aquella entrega electrónica. Negó haberla castigado deliberadamente. Según él, su decisión sobre el examen del funeral respondía a una política personal: no mover evaluaciones finales salvo que existiera una instrucción institucional.
El problema era que sus propios registros contradecían esa explicación.
Había permitido recuperaciones por enfermedades, problemas familiares e incluso compromisos laborales. En algunos casos había solicitado documentos. En otros no. No apareció una lista sencilla de alumnos “favoritos”, pero sí una forma de decidir demasiado dependiente de su juicio personal y poco documentada.
La universidad no lo despidió al día siguiente, como algunos compañeros esperaban.
Primero concluyó la revisión. Salcedo recibió una sanción administrativa, dejó de coordinar ciertas evaluaciones durante el siguiente periodo y tuvo que trabajar con criterios escritos para reposiciones y justificantes. El área responsable de las encuestas también cambió el procedimiento para que los docentes no recibieran archivos que permitieran reconstruir identidades.
A nosotros también nos dijeron algo que al principio no nos gustó escuchar.
Entregar veintiocho exámenes en blanco había sido una protesta poderosa, pero podía habernos costado la materia. La directora reconoció nuestra solidaridad y al mismo tiempo nos recordó que existían mecanismos formales que debíamos aprender a utilizar.
—Entonces ¿hicimos mal? preguntó uno.
—Hicieron algo arriesgado —respondió—. No es exactamente lo mismo.
Jimena presentó su examen extraordinario.
Lo calificó otro profesor.
Aprobó.
Pero lo que más recuerdo ocurrió después. Cuando volvió a clases regularmente, algunos compañeros comenzaron a tratarla como si tuviera que agradecerles para siempre lo que habíamos hecho. Una tarde nos detuvo.
—Yo agradezco que me defendieran. Pero no quiero convertirme en “la muchacha por la que todos entregaron en blanco”.
Tenía razón.
Su madre acababa de morir.
Mientras nosotros contábamos aquella protesta como una historia emocionante, Jimena seguía despertando algunas mañanas olvidando durante dos segundos que ya no podía llamarla.
Empezamos a acompañarla de otra manera.
A veces eso significaba compartir apuntes.
Otras veces, sentarnos con ella a comer sin preguntarle cómo estaba cada cinco minutos.
Salcedo continuó dando clases en la universidad durante un tiempo. Cambió bastante su forma de anunciar evaluaciones. Las fechas, excepciones y procedimientos aparecían por escrito desde el inicio. Nunca se volvió un profesor cálido, pero dejó de utilizar “las reglas son iguales para todos” como respuesta automática.
Dos semestres después lo encontré en un pasillo.
Me reconoció.
—Ustedes casi me cuestan el trabajo —dijo.
Yo ya no tenía veintiún años emocionalmente, aunque solo habían pasado unos meses.
—Nosotros entregamos hojas en blanco, profesor. Lo demás ya estaba ahí.
No respondió.
Años después sigo pensando en aquellas veintiocho hojas.
Durante mucho tiempo creí que lo importante era que habíamos arriesgado nuestra calificación por una compañera.
Ahora creo que fue otra cosa.
Nosotros no pedíamos que Jimena aprobara sin presentar un examen.
Pedíamos que pudiera enterrrar a su madre y presentarlo después.
Una regla sirve para evitar favoritismos.
Pero cuando alguien aplica la misma frase a situaciones completamente distintas mientras hace excepciones sin criterios claros, ya no está defendiendo igualdad.
Está evitando tener que decidir con justicia.
**Y aquel día aprendimos que tratar a todos exactamente igual no siempre significa tratar a todos justamente.**

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