Con Margarita hice algo que me costó más que discutir con mi hija: fui a verla para pedirle disculpas sin pedirle que regresara. Le pagué la diferencia que acordamos por las semanas en que la carga aumentó y también cualquier cantidad pendiente. —Yo debí preguntarte cuando pasamos de dos personas a seis —le dije. —Sí —respondió. No añadió “no se preocupe” ni intentó hacerme sentir mejor. Y agradecí que no lo hiciera.
Rocío tampoco aceptó el empleo. Terminé contratando a **Elvira**, con horario, tareas y pago acordados desde el principio. La primera semana me preguntó si debía lavar la ropa de Rubén. Mi respuesta automática iba a ser que sí. Después pensé un momento y le pregunté a mi esposo. Él dijo que podía encargarse de parte de su ropa y de varias tareas sencillas.
Aquello abrió una conversación bastante incómoda entre nosotros. Durante años Rubén y yo habíamos hablado del “trabajo de Margarita” como si la casa produjera una cantidad fija de trabajo independientemente de cuántas personas vivieran dentro. Cuando llegaron cuatro personas más, ninguno pensó que habíamos cambiado las condiciones de su empleo. Solo pensamos que la casa estaba más llena.
Fernanda estuvo molesta conmigo casi dos meses. Después me llamó porque estaba buscando ayuda algunas horas a la semana en su nuevo departamento. —Ahora entiendo por qué Margarita pidió más —admitió. Con dos niños, dos adultos, ropa, comida y limpieza, las horas desaparecían rápidamente.
—¿La vas a contratar bien? pregunté.
—Sí, mamá.
No necesité decir nada más.
Meses después compraron la casa de León. Era más modesta que la primera que habían considerado porque no alcanzaron el ahorro que habían proyectado viviendo conmigo. Fui a conocerla. Fernanda me enseñó la cocina, los cuartos de los niños y un pequeño patio.
Sobre el refrigerador tenía una tabla de tareas.
Esta vez aparecían cuatro nombres.
Incluso los niños tenían responsabilidades apropiadas para su edad.
Me reí cuando la vi.
—No digas nada —me advirtió.
—No iba a decir nada.
Sí pensé en Margarita.
Durante años yo decía que era excelente porque “hacía de todo”. Nunca me pregunté cuánto escondía esa frase.
Cocinar era trabajo.
Lavar era trabajo.
Ordenar seis habitaciones en lugar de dos era más trabajo.
Y recordar uniformes, limpiar lo que otros dejaban, cargar ropa adicional y resolver pequeñas necesidades que nadie veía también ocupaba tiempo, aunque el reloj de entrada y salida siguiera marcando exactamente las mismas horas.
Margarita no renunció porque de repente se hubiera vuelto exigente.
Renunció porque todos nosotros habíamos aumentado lo que esperábamos de ella mientras insistíamos en que nada había cambiado.
Y la lección más incómoda no me la dio la carpeta, ni mi hija, ni siquiera la primera candidata que rechazó mi sueldo.
Me la dio una mujer que trabajó cuatro años en mi casa y que finalmente entendió algo antes que yo:
que estar acostumbrada a recibir el esfuerzo de alguien no significa que tengas derecho a seguir recibiéndolo al mismo precio para siempre.
MI EMPLEADA DOMÉSTICA ME DIJO QUE YA NO PODÍA SEGUIR HACIENDO