Al fondo del pasillo estaba abierta una habitación que yo casi nunca utilizaba.
Habían movido cajas, colocado un escritorio y llenado el clóset con ropa.
Pero lo que realmente me sorprendió estaba junto a la puerta.
Había una hoja pegada con cinta.
Una lista semanal:
lavar ropa de niños, preparar uniformes, cambiar sábanas, limpiar baño, organizar juguetes, planchar camisas de Mauricio…
Abajo decía:
**“Margarita — pendientes.”**
Me giré hacia Fernanda.
—¿Tú le dabas esta lista?
Bajó la mirada.
Resultó que durante semanas mi hija había agregado tareas directamente sin decírmelo.
Incluso le pedía a Margarita preparar algunas comidas y limpiar el auto familiar cuando yo no estaba.
Por primera vez entendí por qué aquella mujer terminaba agotada.
Pero entonces vi algo todavía más raro.
Debajo de la lista había una nota escrita por Margarita antes de irse:
**“Doña Graciela: yo no renuncié solamente por el sueldo. Pregúntele a su hija qué pasó el jueves cuando usted salió a su cita.”**
Miré a Fernanda.
Su cara cambió.
—Mamá, eso no tiene nada que ver.
—¿Qué pasó ese jueves?
Mauricio apareció al final del pasillo.
Al escucharme, se quedó inmóvil.
Y mi hija no lo miró a él.
Miró la puerta de la habitación y dijo en voz baja:
—Antes de que te cuente Margarita su versión, necesito explicarte por qué le pedimos que no volviera a entrar aquí sola.
MI EMPLEADA DOMÉSTICA ME DIJO QUE YA NO PODÍA SEGUIR HACIENDO