Doña Robleda sacó de un cajón un retazo de tela bordado con iniciales: J.M. Era de un camisón. —Lo guardé porque tenía manchas de sangre y me dio miedo tirarlo. Inés dijo que la muchacha se había caído. Después oí que Tomás no la llevó a San Lázaro, sino a una finca vieja llamada La Escondida, propiedad de su familia, camino a Xico. Ahí tenían mujeres trabajando en cocina y secado de café. Algunas salían. Otras no.
Me faltó aire. Simón, parado junto a la puerta, murmuró que La Escondida era mala tierra, conocida por peones endeudados y capataces violentos. Yo pensé en mi madre leyendo cartas felices mientras Jacinta quizá estaba encerrada entre cafetales que sí existían, pero no como paisaje bonito. Le pedí a doña Robleda una declaración. Se negó al principio. Luego miró el retazo de tela y dijo: —Si su madre todavía vive, merece morir con menos mentira que yo. Firmó.
Esa noche, mientras preparábamos salida hacia La Escondida, recibí un mensaje llevado por un niño de la posada. No tenía firma. Solo una frase: “Si quiere que su hermana siga respirando, vuelva a su casa y siga comiendo pan de anís.” Debajo había una palabra escrita con la letra exacta de Jacinta: “Elena.”
Me senté en la cama con el papel entre las manos.
Por primera vez en siete años, no era una carta para mi madre.
Era para mí.
Y eso significaba algo terrible y hermoso a la vez.
Jacinta estaba viva.
Pero alguien la tenía lo bastante cerca como para obligarla a escribir mi nombre.
Parte 3:
No volví a casa. Mandé a Simón con un telegrama para mi prima: “Mamá sigue grave. Dile que encontré rastro. No le digas más.” Yo seguí hacia La Escondida con don Melesio, que apareció en Huatusco como si hubiera sabido desde el principio que iba a necesitarlo. —Los Ceballos no son cafetaleros —me dijo en el camino—. Son dueños de deudas. Compran cosechas, casas, silencios. Y cuando una muchacha entra a sus fincas, no siempre sale con su nombre completo.
La Escondida estaba detrás de un cerro, rodeada de cafetales descuidados. No entramos por el portón. Don Melesio conocía una vereda de peones. Desde ahí vimos la casa grande, el patio de secado y un cuarto de piedra separado del resto. Había ropa tendida. Ropa de mujer. Mi corazón empezó a golpearme las costillas. Esperamos hasta la noche. Simón distrajo a un mozo con las mulas. Yo avancé hacia el cuarto con el machete de don Melesio bajo el rebozo y la última carta de Jacinta apretada en la blusa.
La encontré sentada junto a una mesa, escribiendo.
No era la muchacha de diecisiete años que se fue doblando un rebozo. Era una mujer flaca, con el cabello recogido, una cicatriz pequeña en la ceja y los ojos claros más grandes por el cansancio. Frente a ella había hojas, sobres, una vela amarilla y una caja de pan de anís. Al verme, dejó caer la pluma. —Elena —susurró. Yo quise correr a abrazarla, pero ella levantó la mano. —No hagas ruido. Tomás está en la casa.
Me acerqué despacio. Nos miramos como si siete años cupieran en un segundo. La abracé al fin y sentí sus huesos bajo la ropa. —Mamá se está muriendo. Quiere verte. Jacinta cerró los ojos. —Me dijeron que si intentaba escribir la verdad, la dejaban sin medicinas. —¿Quiénes? —Tomás. Su tía Inés. Al principio me encerraron porque no quise firmar unas tierras que mamá no sabía que mi padre había dejado a mi nombre. Después vino el incendio de San Lázaro, y usaron ese pueblo muerto para esconderme. Las cartas eran para que ustedes no buscaran.
Quise sacarla en ese momento, pero Jacinta me mostró el tobillo. Tenía una cadena ligera, no de hierro grueso, sino de esas crueldades calculadas que permiten caminar dentro de una habitación y no más. —La llave la tiene Inés. —Entonces buscaremos a Inés. Jacinta negó. —No. Hay papeles. Si me voy sin ellos, dirán que estoy loca, que me fui por voluntad, que Tomás me cuidó años. Necesito mi acta, las cartas originales y el contrato de las tierras. Están en el despacho.
Don Melesio entró por la ventana trasera con una herramienta. Rompió el candado de la cadena mientras Simón vigilaba. Yo fui al despacho. No sé si fue valentía o rabia. Encontré una caja con cartas originales de Jacinta, las primeras, donde pedía volver, donde decía que Tomás la golpeaba, donde suplicaba que no creyeran si llegaban cartas felices. También encontré documentos de las tierras de mi padre y un poder falso donde Jacinta supuestamente cedía todo a Tomás. En la última carpeta había recibos de pan, pagos a arrieros y copias de cartas con correcciones de Inés: “Más alegre. Mencionar cafetal. No hablar de enfermedad.”
Cuando salía, Tomás apareció en la puerta. No era el hombre elegante que recordaba de la boda. Estaba más grueso, con el rostro hinchado y una pistola en la mano. —Las hermanas Murguía siempre fueron buenas para meterse donde no deben. Yo apreté la carpeta contra el pecho. —Y los Ceballos para robar mujeres y tierras. Dio un paso hacia mí, pero detrás de él se escuchó la voz de don Melesio. —Baje el arma, Tomás. No venimos solos. Afuera, varios peones estaban reunidos. Algunos con machetes. No por mí. Por Jacinta. Por las otras. Porque La Escondida llevaba años tragándose gente y esa noche alguien había abierto una puerta.
Inés intentó huir con el baúl de cartas, pero Simón la detuvo en el patio. Jacinta salió apoyada en doña Robleda, que también había llegado con don Melesio y un oficial rural. Verla bajo la luna, flaca pero de pie, rompió algo en los peones. Una mujer mayor señaló a Tomás y gritó que él también había encerrado a su hija tres meses. Otra mostró cicatrices. El oficial no pudo hacerse ciego con tanta gente mirando. Tomás fue desarmado. Inés escupió que Jacinta era ingrata, que le habían dado techo. Jacinta respondió con una voz baja: —Me dieron una tumba con ventana.
Volvimos a casa dos días después. Mi madre estaba viva todavía. Apenas. Cuando Jacinta entró al cuarto, mamá creyó que veía un espíritu. Le tocó la cara con dedos temblorosos. —¿Eras tú la de las cartas? Jacinta lloró. —Al principio sí. Después me robaron hasta la letra. Mi madre cerró los ojos y pidió el frasco de chiles en vinagre. Jacinta comió uno, chiquito, con lágrimas y risa mezcladas. —Pican igual —dijo. Mamá sonrió por última vez esa tarde. Murió al amanecer, con las dos hijas tomadas de sus manos. No tuvo toda la verdad en palabras, pero tuvo a Jacinta respirando junto a ella. Eso bastó.
Después vinieron denuncias, papeles, declaraciones. Tomás y Inés enfrentaron cargos por privación de libertad, falsificación y despojo. No todo fue rápido. Nunca lo es. Pero las cartas originales, la caja de pan, los pagos a arrieros y los testimonios de La Escondida hablaron más que los apellidos Ceballos. Las tierras de mi padre regresaron a nombre de Jacinta. Ella no quiso vivir ahí. Dijo que la tierra podía esperar; primero necesitaba dormir sin escuchar llaves.
Cada Día de Muertos seguimos poniendo pan de anís en el altar. Pero ya no llega en cajas ajenas ni con cartas falsas. Lo horneamos nosotras, torpe al principio, mejor con los años. Junto a la vela amarilla ponemos la primera carta verdadera de Jacinta, la que nunca nos llegó: “Elena, si lees esto, ven por mí.” La leo cada noviembre, aunque ya me la sé de memoria.
Durante siete años creí que mi hermana era feliz en San Lázaro del Monte.
Ese pueblo llevaba dos años quemado cuando ella supuestamente llegó.
No había ventanas al monte.
No había gallinas.
No había cafetales buenos.
Solo una mentira envuelta en manta, con olor a anís y café, entrando cada Día de Muertos a nuestra casa para dormir la sospecha de mi madre.
Pero las cartas falsas cometieron un error.
Siguieron escribiendo con la letra de Jacinta.
Y una letra, aunque la copien, siempre deja una sombra de quien la obligó a temblar.
Yo fui a buscar a mi hermana para despedir a mi madre.
Terminé trayéndola de vuelta de una tumba con ventana.
Y desde entonces, cuando alguien dice que una carta prueba que alguien está bien, yo pregunto primero quién compró el pan, quién pagó al arriero y quién se beneficia de que nadie vaya a tocar la puerta.