Desde que mi hermana se casó lejos, cada Día de Muertos nos mandaba una caja de pan de anís y una carta diciendo que era feliz

Desde que mi hermana se casó lejos, cada Día de Muertos nos mandaba una caja de pan de anís y una carta diciendo que era feliz
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Posted on 2 September, 2026 by bear

😱 Desde que mi hermana se casó lejos, cada Día de Muertos nos mandaba una caja de pan de anís y una carta diciendo que era feliz. 🕯️📦
Este año, mi madre moribunda me pidió traerla a casa para despedirse… así que viajé hasta el pueblo donde supuestamente vivía.
Pero al llegar, el arriero me dijo: “Señorita, ese pueblo se quemó hace nueve años. Ahí no vive nadie.”

Me llamo Elena Murguía, y durante siete años creí que mi hermana menor, Jacinta, vivía en San Lázaro del Monte, una comunidad escondida entre cafetales y barrancas al norte de Veracruz.
Se había casado con Tomás Ceballos, hijo de una familia cafetalera que apareció un verano en nuestro pueblo comprando mulas, costales y mujeres pobres con apellido limpio. Mi madre decía que era buena oportunidad. Mi padre ya había muerto y la casa se nos estaba cayendo a pedazos. Jacinta tenía diecisiete años, ojos claros y esa obediencia triste de las hijas que aprenden a no preguntar demasiado.
Yo le dije que no se fuera.
Ella me sonrió mientras doblaba su rebozo.
—Dicen que allá las mañanas huelen a café recién tostado. Te voy a escribir.
Y escribió.
Cada noviembre llegaba una caja envuelta en manta. Adentro venía pan de anís, café molido, una vela amarilla y una carta con su letra redonda, un poco inclinada. Al principio decía:
“Tomás me trata bien.”
Después:
“La casa es grande y desde mi ventana se ven las flores de izote.”
Luego:
“Mis suegros me quieren. No se preocupen por mí.”
Con los años, sus cartas se volvieron más tranquilas. Decía que tenía un patio con gallinas, que en temporada de lluvia el monte se ponía verde hasta doler los ojos, que los niños del pueblo la llamaban “señora Jacinta” aunque ella seguía sintiéndose muchacha.
Mi madre leía esas cartas hasta gastarlas.
Las guardaba en una caja de galletas debajo de su cama, junto con el primer listón que Jacinta usó de niña.
Cuando mi madre enfermó, dejó de hablar de medicinas y empezó a hablar de mi hermana.
—Tráemela, Elena —me pidió, una madrugada en que la fiebre le hacía temblar los labios—. Quiero tocarle la cara antes de irme.
Yo le prometí que lo haría.
Esperé a un grupo de arrieros que llevaba sal y herramientas hacia la sierra. Uno de ellos, don Melesio, dijo conocer el camino a San Lázaro del Monte. Le pagué con casi todo lo que tenía y llevé conmigo un frasco de chiles en vinagre que mi madre preparó para Jacinta.
—Le gustaban desde niña —dijo mamá—. Que coma aunque sea tantito en el camino.
Viajamos dos días.
El aire se volvió húmedo. Los caminos, estrechos. Los árboles cerraban el cielo como si quisieran esconder algo.

Al tercer día llegamos a un puente de piedra roto, cubierto de musgo. Don Melesio detuvo la mula.
—Hasta aquí llego.
—¿Cómo que hasta aquí?
Se quitó el sombrero y miró hacia la barranca.
—San Lázaro estaba del otro lado.
—¿Estaba?
El hombre tardó en responder.
—Se quemó hace nueve años.
Sentí que no había entendido.
—Mi hermana vive ahí. Se casó hace siete.
Don Melesio me miró con una pena incómoda.
—Señorita, después del incendio no quedó pueblo. Ni capilla, ni casas, ni beneficio de café. Los que no murieron se fueron. Nadie volvió.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque mi cabeza no encontró otra forma de defenderse.
—Está confundido. Cada año recibimos cartas. Pan. Café.
Saqué del pecho la última carta de Jacinta, la que había llegado hacía apenas tres semanas. La abrí con dedos torpes.
“Este año las lluvias fueron buenas. El cafetal de atrás cargó más que nunca. Cuando mamá mejore, díganle que venga. Mi ventana sigue dando al monte.”
Le mostré la hoja.
—Es su letra.
Don Melesio no la tomó.
—Tal vez vive en otro rancho.
—La carta dice San Lázaro.
—Entonces alguien está mintiendo.
La frase cayó entre los árboles como un machetazo.
Yo crucé el puente a pie aunque él me pidió que no lo hiciera. Del otro lado había un camino viejo, casi tragado por hierba alta. Caminé siguiendo los restos de piedras negras hasta llegar a lo que alguna vez fue una calle.
Vi muros quemados.
Un pozo seco.

La torre partida de una capilla.
Y, junto a un árbol torcido, una placa oxidada donde aún podía leerse:
“San Lázaro del Monte.”
Me temblaron las piernas.
Ahí no había flores de izote.
No había ventanas.
No había gallinas.
No había ninguna mujer llamada Jacinta escribiendo cartas junto al cafetal.
Solo ruinas.
Volví al campamento con la carta apretada en la mano. Los arrieros evitaban mirarme. Solo uno, un muchacho flaco llamado Simón, se acercó mientras don Melesio cargaba agua.
—Señorita —dijo en voz baja—, ¿usted es la hermana de Jacinta Murguía?
El corazón me golpeó.
—¿La conoces?
Bajó la mirada.
—No. Pero conozco las cajas.
—¿Qué cajas?
—Las de pan de anís.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—Habla.
Simón tragó saliva.
—Mi patrón las recoge cada año en la estación de Los Sauces. Ya vienen preparadas. Él solo las lleva a su pueblo.
—¿Quién las prepara?
Miró hacia las mulas, nervioso.
—Una mujer.
—¿Qué mujer?
—No sé su nombre. Usa velo negro. Siempre paga con monedas de plata y dice lo mismo: “Que llegue antes de Día de Muertos. Que la madre no sospeche.”
Me quedé fría.
—¿Desde cuándo?
Simón dudó.
—Desde hace siete años.

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