Siete.
Los mismos años desde que Jacinta se casó.
Abrí la última carta otra vez y miré la palabra “lluvia”. Jacinta siempre escribía la doble ele demasiado larga, como dos varitas quebradas. En esa carta estaba igual.
La letra era suya.
O de alguien que la había copiado con paciencia enferma.
—¿Dónde está Los Sauces? —pregunté.
Simón se persignó.
—A un día de camino. Pero no debería ir.
—¿Por qué?
El muchacho miró las ruinas al otro lado del puente.
—Porque dicen que la mujer del velo no manda cartas para recordar a los vivos. Las manda para que nadie busque a los muertos.
Guardé la carta dentro de mi blusa.
Pensé en mi madre esperando en la cama, con el cuarto de Jacinta ventilado, la colcha limpia y el frasco de chiles que yo llevaba intacto en la bolsa.
Pensé en siete años de cartas.
Siete años de pan.
Siete años de una mentira entrando a nuestra casa con olor a anís y café.
Y por primera vez entendí que quizá mi hermana no estaba lejos.
Quizá llevaba años intentando decirnos, con la misma letra de siempre, que nunca había llegado al lugar donde todos creíamos que vivía.
Esa noche no regresé a casa.
Le pedí a Simón que me llevara a Los Sauces.
Porque si alguien había escrito la felicidad de mi hermana desde un pueblo muerto, yo iba a encontrar la mano que sostenía esa pluma.
¿Qué pasó después… ? Parte 2:…..
Parte 2:
Simón aceptó llevarme a Los Sauces antes de que amaneciera. Don Melesio intentó detenernos. —Hay caminos que no se abren por curiosidad —me dijo. Yo le contesté que no era curiosidad, era mi hermana. No discutió más. Me dio un machete viejo, una manta seca y una advertencia: —Si encuentra a la mujer del velo, no le diga todo lo que sabe. La gente que sostiene mentiras tantos años no lo hace con las manos vacías. Guardé la última carta de Jacinta junto al pecho y eché a andar detrás de Simón por una vereda que olía a tierra mojada y café podrido.
Los Sauces no era un pueblo, sino una estación pequeña, con techo de lámina, una bodega abandonada y dos fondas donde los arrieros comían frijoles antes de subir a la sierra. Llegamos al mediodía. Simón me señaló un cuarto detrás de la panadería. —Ahí entregan las cajas. Siempre antes de Día de Muertos. Pregunté por pan de anís. La panadera, una mujer ancha de manos blancas de harina, me miró demasiado rápido. —Ya no hay. —No vengo a comprar. Vengo por quien manda cajas a la familia Murguía. Se le cayó un trapo al piso. —No conozco ese nombre. Saqué la carta. —Entonces quizá conoce esta letra.
La mujer palideció. No quiso tomar la hoja, pero sus ojos la reconocieron. —Váyase, muchacha. —¿Mi hermana está viva? —No pregunte aquí. —¿Quién escribe las cartas? La panadera miró hacia la calle y bajó la voz. —Las trae una mujer cada octubre. Yo solo horneo el pan. No leo cartas, no pregunto nombres. —¿Usa velo negro? Asintió. —¿Dónde vive? —No vive. Aparece. Paga. Se va. Pero una vez dejó una caja olvidada. Tenía una marca de costura adentro, de un taller de Huatusco. “Casa Robleda.” No sé más.
Huatusco quedaba lejos, pero no imposible. Antes de salir, la panadera me tomó del brazo. —Si busca a Jacinta, busque también a Tomás Ceballos. Ese hombre no murió en San Lázaro. Sentí que el corazón me dio un golpe. —¿Lo conoce? —Lo vi hace años. Bajó de la sierra con una muchacha cubierta con rebozo. Ella no caminaba bien. Él dijo que era su esposa y que estaba enferma de los nervios. Compró pan de anís. La muchacha levantó la cara un segundo. Tenía ojos claros. Yo nunca olvidé esos ojos.
Tuve que sentarme. Simón me ofreció agua, pero no pude beber. Jacinta había llegado a Los Sauces. Había estado viva después de la boda. Tal vez enferma. Tal vez golpeada. Tal vez encerrada en una historia que alguien nos escribía con tinta ajena. La panadera me dio otro dato: Tomás había preguntado por un carruaje hacia Huatusco, no hacia San Lázaro. Eso quería decir que el matrimonio pudo haber sido una mentira desde el principio. O San Lázaro fue solo una dirección para enterrarla en papeles.
Llegamos a Huatusco al día siguiente. Casa Robleda era un taller de costura y bordado en una calle estrecha. El letrero estaba despintado, pero abierto. Entré con la última carta en la mano. Una anciana cosía junto a la ventana. Cuando dije el nombre de Jacinta, la aguja se detuvo. —Yo no sé nada —dijo antes de que preguntara. —Todas dicen eso antes de saber qué traigo. Puse la carta sobre la mesa. La anciana la miró y luego cerró los ojos. —Esa letra no es de ella. —¿Entonces de quién? Sus manos temblaron. —De una mujer que aprendió copiando cartas viejas. Se llama Inés Ceballos. Tía de Tomás.
El apellido me dio náusea. La anciana, doña Robleda, empezó a hablar como quien llevaba años esperando castigo. Inés Ceballos le llevaba vestidos para arreglar y, una vez, un baúl con ropa de mujer joven. Entre las prendas encontró cartas originales de Jacinta, las primeras que escribió antes de desaparecer. Inés las recuperó furiosa, pero meses después volvió con hojas copiadas, pidiéndole sobres y manta para empaquetar pan. —Yo entendí que algo estaba mal —dijo—. Pero una vieja pobre no se mete con los Ceballos. —¿Dónde está mi hermana? —No lo sé. Pero sé dónde estuvo.