MIS VECINOS ME EXIGIERON QUE DEJARA DE USAR MI TERRAZA PORQUE

Parte 3:
El ingeniero no dijo que la estructura fuera a arrancar mi terraza con la primera ráfaga. Explicó algo mucho menos espectacular: nadie había calculado correctamente cómo respondería un cerramiento de aquella altura al viento. La solución podía ser perfectamente viable, pero necesitaba otro diseño, puntos de apoyo adecuados y autorización del condominio. Sujetarla improvisadamente al muro común era precisamente lo que no debía hacerse.
Sergio canceló la instalación ese mismo día. Durante la semana siguiente retiraron los anclajes, repararon la impermeabilización y dejaron nuevamente accesible el registro. La administración pagó la reparación de la junta antigua que ya correspondía al mantenimiento común; Sergio tuvo que cubrir el daño reciente producido por las perforaciones. Me pareció justo. No todo lo que estaba mal era culpa suya, pero tampoco todo podía cargarse al edificio.
El jacuzzi fue más complicado. No estaba prohibido por sí mismo. El ingeniero revisó el peso, la ubicación y las instalaciones. Podía permanecer siempre que modificaran la forma de llenarlo y vaciarlo, protegieran las conexiones y cumplieran las reglas del condominio. Sergio se molestó porque aquello costaba dinero. Vanessa se molestó todavía más cuando descubrió que el cerramiento adecuado costaría casi lo mismo que la solución que había rechazado semanas antes por “demasiado cara”.
Yo pensé que el asunto terminaría ahí.
Pero en la siguiente reunión de vecinos Vanessa pidió formalmente establecer horarios para el uso de las terrazas superiores cuando afectaran la privacidad de patios inferiores.
Mauricio leyó la propuesta y después hizo una pregunta muy sencilla: —¿También quieren establecer horarios para que los vecinos de arriba no puedan mirar por sus ventanas cuando ustedes estén en el patio?
Algunos se rieron.
Vanessa no.
Yo tampoco.
No quería convertir aquello en una humillación pública. Así que expliqué que nunca había usado mi terraza para observarlos. Trabajaba, desayunaba y cuidaba mis plantas exactamente como antes de que existiera su jacuzzi. Si necesitaban privacidad, estaba dispuesta a apoyar una solución razonable que no invadiera mi espacio ni dañara áreas comunes.
La propuesta de restringir horarios no prosperó.
En cambio, el condominio actualizó las reglas para modificaciones exteriores. Cualquier instalación que requiriera perforaciones, conexiones nuevas o fijación sobre elementos comunes tendría que revisarse previamente. No era una regla contra Sergio. Era una regla que también me afectaría si algún día quería colocar un toldo o una estructura pesada en mi terraza.
Un mes después instalaron una celosía distinta dentro del patio de Sergio y Vanessa. Era más baja, tenía vegetación y estaba colocada con los soportes adecuados. Desde mi mesa todavía podía verse una pequeña parte del jacuzzi si me acercaba al barandal.
Nunca lo hacía.
Vanessa dejó de cerrar la puerta cuando me escuchaba arriba, aunque durante bastante tiempo apenas me saludó.
Sergio tardó más en soltar el enojo. Una mañana coincidimos en el estacionamiento y me dijo:
—Todo esto nos salió carísimo por una queja.
—No fue por una queja.
—Si no hubieras llamado al administrador…
—Habrían fijado la estructura al muro.
No respondió.
—Y quizá no habría pasado nada —agregué—. Pero ese era justamente el problema. Decidiste que podías averiguarlo después.
Esa frase pareció molestarle más que cualquier multa.
Meses después llegaron las lluvias fuertes. Una mañana salí a revisar mis plantas y vi a Sergio en su patio comprobando el desagüe nuevo. Levantó la mirada.
Yo estaba exactamente en el lugar donde él había querido que dejara de sentarme.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Y cada uno siguió con lo suyo.
Nunca volvimos a hablar del jacuzzi.
A veces la convivencia no termina convirtiendo vecinos difíciles en amigos. A veces el mejor resultado es mucho más sencillo: aprender dónde termina el derecho de uno y empieza el del otro.
Sergio y Vanessa tenían derecho a disfrutar su patio.
Yo tenía derecho a utilizar mi terraza.
Y ninguno tenía derecho a modificar un muro común para obligar al otro a desaparecer de su propio espacio.
Lo curioso fue que todo empezó porque ellos querían más privacidad.
Y terminó cuando comprendieron que la privacidad no consiste en controlar dónde pueden estar los demás.
Consiste en construir tus propios límites sin perforar los de nadie.

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