MIS VECINOS ME EXIGIERON QUE DEJARA DE USAR MI TERRAZA PORQUE

 

Parte 2:
El administrador, **Mauricio**, hizo salir a los trabajadores y pidió que nadie tocara la estructura. La tapa que Sergio había cubierto parcialmente no pertenecía al drenaje del jacuzzi, como él aseguró al principio. Era un registro de inspección del condominio. Por debajo pasaban una tubería pluvial y una línea que permitía revisar la humedad del muro de contención sobre el que descansaba una parte de mi terraza. —¿La perforaron? pregunté. Mauricio no quiso adivinar. Llamó al ingeniero que supervisaba el mantenimiento del edificio.
Vanessa empezó a discutir con Sergio en voz baja. Ella sabía de los postes, pero pensaba que serían fijados sobre bases superficiales para sostener una celosía. Sergio había contratado por su cuenta a un instalador recomendado por un conocido. Cuando el ingeniero llegó, midió las perforaciones y pidió revisar también el jacuzzi. Ahí apareció el segundo problema: para instalarlo habían elevado una parte del piso del patio, colocado una bomba y modificado el desagüe sin informar a la administración.
—El jacuzzi es portátil —repitió Sergio. —El recipiente puede serlo —respondió el ingeniero—. Las conexiones que hicieron no.
No dijo que el edificio fuera a caerse ni ordenó evacuarlo. Lo que encontró fue más cotidiano, pero suficientemente serio: uno de los anclajes de la nueva estructura estaba demasiado cerca del registro y otro había atravesado la impermeabilización junto al muro. Además, el tubo utilizado para vaciar el jacuzzi descargaba hacia una canaleta que no había sido diseñada para recibir tanta agua de golpe. El polvo sobre mis macetas provenía precisamente de las perforaciones hechas bajo el borde de mi terraza.
Mauricio pidió los permisos internos de la remodelación. Sergio enseñó una autorización para retirar vegetación y cambiar el acabado del patio. No mencionaba jacuzzi, bomba, desagüe ni postes. —Me dijeron que todo estaba dentro de mi propiedad. —Tu patio es de uso exclusivo —explicó Mauricio—, pero varias instalaciones que pasan por él son comunes. No puedes perforarlas porque estén debajo de tus macetas.
Aquella frase cambió por completo la discusión. Durante semanas Sergio y Vanessa habían hablado como si los límites de propiedad les permitieran decidir qué podía hacer yo arriba. Ahora descubrían que ni siquiera dentro de su patio podían modificar cualquier cosa sin considerar al resto del edificio.
El ingeniero subió después conmigo. Encontró una pequeña zona húmeda junto al borde inferior de una jardinera que yo había atribuido a la lluvia. No podía asegurar que fuera causada por la remodelación. Colocó un medidor y pidió revisar fotografías anteriores del mantenimiento. Sergio aprovechó inmediatamente. —¿Ves? Ella también tiene macetas pegadas al muro. —Mis macetas no están perforando nada. —Pero generan humedad. —Por eso vamos a revisar las dos cosas —interrumpió Mauricio.
No me encantó escucharlo, pero tenía razón. Si íbamos a exigir reglas, también debían aplicarse a mí. Dos días después retiré temporalmente las macetas mientras hacían la inspección. La humedad vieja provenía en parte de una junta deteriorada que el condominio ya debía reparar. Sin embargo, apareció una filtración reciente exactamente donde habían colocado uno de los anclajes.
Sergio tuvo que retirar la estructura hasta que se reparara la impermeabilización. El jacuzzi tampoco podía seguir utilizándose con aquel sistema de vaciado. Vanessa explotó. —Todo esto empezó porque Paola no quiso darnos privacidad. —No —respondió Mauricio—. Empezó porque ustedes instalaron cosas sin consultar qué había debajo.
Entonces Sergio sacó el teléfono. Dijo que no pensaba pagar reparaciones porque la administración nunca le había entregado planos completos. Mauricio le pidió enviar esa reclamación formalmente. Mientras discutían, uno de los trabajadores me hizo una pregunta: —Señora, ¿usted sabía que también querían subir la celosía por encima de su barandal?
—¿Mi barandal?
El hombre señaló el diseño que Sergio le había enviado. La estructura no terminaba en su patio. Dos brazos metálicos debían subir hasta la altura de mi terraza y sujetarse al muro lateral para evitar movimiento con el viento.
Mauricio pidió ver el plano.
Sergio intentó decir que era solamente una opción.
Pero el trabajador abrió una conversación donde él había escrito: **“Si arriba se quejan, ya estando montado será más difícil que nos hagan quitarlo.”**
Vanessa leyó el mensaje por encima de su hombro.
—¿Ibas a fijarlo al muro de Paola?
—No es su muro. Es del edificio.
Mauricio lo miró fijamente.
—Exactamente, Sergio.
Por primera vez nadie tuvo que explicarle la contradicción.
Había pasado semanas exigiendo que yo dejara de usar una terraza porque su patio era “su propiedad”.
Y ahora pretendía defender una estructura diciendo que el muro donde quería sujetarla era de todos.
Pero el ingeniero todavía tenía otra preocupación. Amplió el dibujo y señaló las dimensiones del cerramiento.
—Antes de discutir dónde pensaban fijarlo, necesito saber quién calculó esto.
El trabajador negó con la cabeza.
—Nosotros solamente fabricamos lo que pidió el cliente.
—¿Por qué?
El ingeniero señaló la parte superior.
—Porque con esta altura y esta superficie, cuando haya viento fuerte esto ya no funciona como una simple celosía.
Miró hacia mi terraza.
—Funciona como una vela.
Y si la fijaban donde Sergio había pedido, la fuerza no iba a quedarse únicamente en su patio.
Iba a transmitirse directamente al muro que compartía con mi departamento.

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