—No.
Papá señaló una segunda columna.
Había depósitos mensuales hechos por mis hermanos.
Cantidades pequeñas que, según yo, entregaban para ayudar con la casa.
Pero descubrimos que casi todo ese dinero había regresado después a cuentas abiertas a nombre de cada uno.
—Su mamá quiso guardárselos —explicó papá—. Para que cuando se independizaran tuvieran algo.
Verónica abrió mucho los ojos.
Esteban también parecía sorprendido.
Entonces papá puso un cuarto estado de cuenta sobre la mesa.
—Este sí es el problema.
Había varios retiros recientes de una de aquellas cuentas.
Mamá se acercó.
—Rogelio… ¿qué pasó?
—Eso quiero saber.
La cuenta correspondía al dinero reservado para Esteban.
Más de la mitad ya no estaba.
Mi hermano palideció.
—Yo nunca retiré nada.
Papá miró directamente a Verónica.
Ella bajó los ojos.
—¿Tú sabías que existía esa cuenta? —preguntó Esteban.
—No.
Respondió demasiado rápido.
Papá abrió la carpeta y sacó una solicitud bancaria.
—Entonces explícame esto.
En la hoja aparecía una petición para modificar los datos de contacto asociados a la cuenta.
El teléfono registrado terminaba en cuatro números.
Reconocí inmediatamente ese número.
Era el de Verónica.
Mi hermano se levantó.
—¿Qué hiciste?
—¡Nada! Tu mamá seguramente puso mi teléfono.
Mamá negó lentamente.
—Yo nunca di tu número.
Verónica miró hacia la puerta como si quisiera salir.
Pero papá todavía tenía otra hoja en la mano.
—Por eso anoche no me molestó que hablaras de los camarones.
La dejó sobre la mesa.
—Me molestó que llevaras semanas preguntándole a Marta cuánto dinero tenía y cuánto pensábamos dejarles a ustedes.
El rostro de mi cuñada perdió todo el color.
Entonces entendí que papá no había decidido separar a la familia por una discusión durante la cena.
Los camarones solamente le confirmaron que había llegado el momento de descubrir quién llevaba meses metiendo las manos en el dinero que mis padres habían ahorrado precisamente para ayudarnos.
Parte 2:
Papá no permitió que nadie tocara la carpeta. Verónica insistía en que jamás había retirado dinero, mientras Esteban repetía la misma pregunta: —¿Cómo llegó tu teléfono a esa cuenta? Ella terminó admitiendo que meses atrás había acompañado a mamá al banco. Marta necesitaba actualizar unos datos y Verónica la ayudó con la aplicación. —Seguramente quedó mi número por error. Papá negó. —La modificación se solicitó tres semanas después de esa visita.
Rogelio había descubierto los retiros por casualidad al revisar los ahorros antes de entregar los departamentos. No quería acusar a nadie sin saber qué había ocurrido, así que había pedido información sobre los movimientos. Algunos retiros todavía necesitaban aclararse, pero la modificación del teléfono sí aparecía registrada. —Mañana iremos al banco —dijo—. Esteban, vienes conmigo. Verónica también quiso ir. Papá respondió: —Primero necesito hablar con el titular y con el banco. Después escucharemos explicaciones.