—Casi las dos.
Entonces vi que llevaba mi bolsa, nuestras llaves y una carpeta café que yo había dejado dentro de la maleta.
—Ponte los zapatos. Nos vamos.
Me incorporé.
—¿Qué pasó?
Héctor cerró la puerta antes de responder.
—Fui por agua y escuché a Claudia hablando con mi papá.
Su cara no era de enojo.
Era peor.
Parecía asustado.
—¿Sobre qué?
No contestó.
Sacó de la carpeta un sobre que yo jamás había visto.
—Encontré esto dentro de las cosas que papá tenía preparadas para mañana.
Mi nombre estaba escrito al frente.
—¿Por qué tienen algo a mi nombre?
Héctor guardó nuevamente el sobre.
—Eso vamos a averiguarlo fuera de esta casa.
Entonces alguien intentó abrir la puerta desde el otro lado.
Una vez.
Dos veces.
Y escuchamos la voz de mi suegro:
—Héctor, no saques a tu esposa todavía. Primero necesito que firme lo que dejamos sobre la mesa.
Mi esposo me miró.
Después hizo algo que nunca había hecho frente a su padre.
Bloqueó la puerta con la lavadora.
Y me dijo en voz muy baja:
—Ahora entiendo por qué insistieron tanto en que Regina no viniera con nosotros.
Parte 2:
Héctor no intentó discutir con su padre. Empujamos la lavadora lo suficiente para abrir la puerta hacia el patio y salimos por ahí con nuestras maletas. Mi suegro siguió llamándolo desde dentro. Claudia apareció en una ventana y gritó que estábamos haciendo un escándalo por “un simple trámite”. Esa frase terminó de convencerme de subir al coche. No abrimos el sobre hasta estacionarnos frente a un hotel. Dentro había una declaración preparada para mi firma. Yo supuestamente reconocía haber recibido cierta cantidad de dinero de mi suegro, **don Ernesto**, y aceptaba que esa cantidad correspondía a la liquidación total de cualquier derecho relacionado con un terreno en **Arteaga**.
—Yo ni siquiera sabía que existía ese terreno —dije. Héctor sí. Su madre había heredado años atrás una fracción junto con dos hermanas. Después de su muerte, todos creyeron que sus asuntos se habían repartido entre don Ernesto, Héctor y Claudia según los trámites correspondientes. Pero Héctor llevaba meses escuchando a Claudia hablar de vender “lo de Arteaga” y nunca había prestado atención porque pensaba que se refería exclusivamente a una propiedad de su padre. —¿Qué tiene que ver conmigo? pregunté. Héctor sacó otra hoja del sobre. Ahí aparecía una transferencia realizada seis años atrás desde una cuenta conjunta nuestra hacia su padre.
Recordé inmediatamente el dinero. Cuando murió mi suegra, don Ernesto dijo que necesitaba cubrir gastos notariales y adeudos relacionados con varias propiedades. Héctor y yo le prestamos ciento veinte mil pesos. Una parte salió de nuestros ahorros y otra de una indemnización laboral que yo había recibido. Nunca nos devolvió todo. En la familia se dejó de hablar del tema porque Héctor decía que algún día se ajustaría con lo que le correspondiera de su madre.
A la mañana siguiente buscamos asesoría antes de llamar a nadie. La declaración que querían que firmara no significaba que yo fuera dueña del terreno ni que pudiera reclamar automáticamente una parte. Lo inquietante era que intentaba dejar establecido que aquel dinero ya me había sido reembolsado y que yo no tendría nada pendiente relacionado con esa operación. —¿Por qué necesitan específicamente tu firma? preguntó Héctor. Esa fue la misma pregunta que hicimos después a don Ernesto.
Su padre finalmente confesó que Claudia tenía un comprador interesado en el terreno. Para ordenar los antecedentes financieros habían aparecido aquellos ciento veinte mil pesos y otros movimientos familiares. Claudia quería evitar que después surgiera una reclamación. Según ella, firmar era simplemente “cerrar cuentas”. —¿Y por qué no me lo explicaron ayer? pregunté. —Porque conviertes todo en un problema —respondió Claudia por teléfono. Héctor le quitó el altavoz. —La mandaste a dormir junto a una lavadora y después querías ponerle un documento enfrente en la mañana. No fue casualidad.
Entonces entendimos la frase que Héctor había escuchado a las dos. Claudia le decía a su padre: **“Si Regina está aquí, Marisol no va a firmar rápido. Se pone distinta cuando tiene a la niña mirando.”** No habían querido mantener lejos a nuestra hija por algún peligro. Claudia sabía que yo evitaba discutir delante de Regina y pensaba que, estando sola, cansada y deseando regresar a Monterrey, aceptaría firmar para terminar con el conflicto. Mi suegro había respondido: “Por eso mañana temprano, antes de que desayunen.”
Aquello ya era suficientemente humillante, pero todavía no explicaba por qué tanta urgencia. Héctor pidió revisar los documentos de la sucesión de su madre. Don Ernesto se negó. Claudia dijo que no teníamos derecho a detener una venta que llevaba meses preparando. Esa tarde Héctor llamó a su tía **Rosa**, hermana de su mamá. Cuando escuchó “Arteaga”, se quedó en silencio. —¿Tu papá les dijo cuánto van a pagar por ese terreno? —No. —Entonces antes de que Marisol firme cualquier cosa, pregúntale quién es el comprador.
El comprador era una sociedad recién constituida llamada **Desarrollos Sierra Norte**. Uno de sus representantes tenía el mismo apellido que el marido de Claudia. Al principio pensé que estaban intentando quedarse con la propiedad. La verdad resultó menos sencilla. El marido de Claudia no figuraba como dueño, pero su hermano trabajaba con uno de los inversionistas y había acercado la operación. Claudia recibiría una comisión si conseguía que todos los antecedentes quedaran listos antes de enero.
Héctor estaba furioso. Sin embargo, Rosa nos pidió no confundir una comisión con un fraude sin revisar primero. Ella conservaba copias antiguas de la sucesión. Cuando las llevó, encontramos algo que cambió completamente la discusión. Después de la muerte de mi suegra, don Ernesto había firmado un convenio privado con Héctor y Claudia para reconocer ciertos gastos y adelantos familiares antes de repartir lo que correspondiera.
Ahí estaban nuestros ciento veinte mil pesos.
No como un regalo.
No como un préstamo ya pagado.
Aparecían como **“aportación pendiente de compensación a Héctor y Marisol”**.
Claudia sabía que existía ese documento.
Por eso necesitaba mi firma.
Pero cuando Héctor terminó de leer el convenio encontró una anotación manuscrita de su madre, agregada meses antes de morir. Mencionaba a Regina por su nombre y decía que, si el terreno llegaba a venderse, cierta parte no debía entregarse ni a Héctor ni a Claudia.
Debía reservarse para su nieta.
—¿Mi mamá dejó algo para Regina? preguntó Héctor.