Lo marqué.
Un hombre respondió después de un timbrazo.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
Entonces una voz áspera susurró: “¿Coronel?”
Miré a través del cristal el rostro magullado de Lily.
“Mayor Reyes”, dije.
El hombre al otro lado de la línea inhaló profundamente. “Pensé que este número nunca volvería a sonar”.
“Yo también”.
“¿Qué pasó?”
“Mi hija fue atacada”.
El silencio que siguió fue más frío que la ira.
“¿Nombres?” preguntó.
“Ethan Cole. Brandon Hale. Tyler Whitmore”.
Las teclas comenzaron a hacer clic en el fondo.
“¿Qué necesitas?”
“Todo”, dije. “Sus cuentas bancarias. Los contratos de sus padres. Las conexiones políticas de sus madres. Los administradores universitarios, la policía del campus, la seguridad privada, los jueces, los testigos, las imágenes de vigilancia eliminadas… todos conectados con esos tres nombres”.
Reyes se quedó en silencio por un momento.
Entonces su voz cambió.
El oficial retirado desapareció.
El soldado regresó.
“¿Debería activar el equipo?”
Cerré los ojos.
Los rostros volvieron a mí.
Capitán Brooks, nuestro especialista en inteligencia.
Sargento mayor Kane, que podía entrar en cualquier edificio sin activar una sola alarma.
El teniente Chen, cuyo programa de guerra cibernética había cerrado una vez una red de mando enemiga a cinco mil kilómetros de distancia.
Hombres y mujeres que habían prometido que si alguna vez los llamaba, vendrían.
“¿El Coronel Fantasma ha vuelto?” -Preguntó Reyes.
Abrí los ojos y miré a mi hija que yacía indefensa bajo las luces del hospital.
“No”, dije en voz baja.
“Un padre lo es”.
Al otro lado de la línea, escuché a Reyes ponerse de pie.
Luego vinieron las palabras que no había escuchado en casi dos décadas.
“El grupo de trabajo Spectre espera sus órdenes, señor”.
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