El Secreto del Reloj de Arena: Los 103 años de Clara

El Secreto del Reloj de Arena: Los 103 años de Clara

El pueblo de Villablanca era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Las calles empedradas olían a azahar y el silencio solo se rompía por el sonido lejano de las campanas de la iglesia. En una vieja casa de madera y piedra, al final del camino del olivar, vivía Clara.

Clara acababa de cumplir 103 años. Era la persona más anciana del lugar, pero lo que realmente fascinaba a todos no era su edad, sino su increíble vitalidad. Mientras que muchos a los sesenta ya necesitaban bastón, Clara caminaba erguida por su jardín cada mañana, cuidando sus rosales con una destreza que desafiaba al calendario.

Sin embargo, detrás de esa sonrisa serena y sus ojos de un azul desvaído, Clara guardaba un secreto que celosamente había protegido durante más de ocho décadas.
La Llegada de Lucas

A finales de verano llegó al pueblo Lucas, su nieto de veinticinco años, un joven fotógrafo de Madrid que había decidido pasar unos meses con su bisabuela para realizar un reportaje fotográfico sobre la memoria y la vejez.

Al principio, Clara se mostraba esquiva con la cámara. Cada vez que Lucas intentaba tomarle una foto desprevenida, ella desviaba la mirada o cerraba la puerta del estudio.

—Las cámaras roban el alma, Lucas —le decía con una sonrisa pícara—. Y a mi edad, necesito cada migaja de la mía para lo que me queda de viaje.

Pero Lucas era terco. Todas las tardes se sentaba con ella en el porche, bebiendo té de hierbabuena y escuchando sus anécdotas. Clara le hablaba de cuando no había electricidad en el pueblo, de los carruajes de caballos y de los amores de juventud que se habían evaporado con el viento. Sin embargo, había una época de su vida de la que nunca hablaba: el año 1944.

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