Se habían conocido por primera vez bajo ese mismo olivo cuando tenían solo dieciséis años. Ella había dejado caer una cesta de pan fresco en el camino polvoriento, y antes de que pudiera recogerla, un joven tímido corrió a ayudarla.
—Lo siento —dijo él con una sonrisa nerviosa.
—No has hecho nada —rió ella.
—Lo sé… pero quería una excusa para hablar contigo.
Aquella conversación torpe se convirtió en horas.
Las horas se convirtieron en días.
Los días se convirtieron en una vida entera.
Nunca fueron ricos. Su techo goteaba cada vez que llovía. Algunos inviernos apenas tenían leña para mantenerse calientes, y había noches en las que la cena no era más que pan mojado en té.
Sin embargo, Yusuf siempre sonreía.
Mientras pudieran sentarse juntos bajo el olivo cada mañana, él creía que tenían todo lo que necesitaban.
—Puede que no tengamos mucho —decía a menudo mientras le entregaba una taza de té caliente—, pero nos tenemos el uno al otro. Eso es suficiente para ser las personas más ricas del mundo.
Sin embargo, la vida no siempre perdona a los corazones bondadosos.
Años después, la enfermedad les arrebató a su único hijo antes de que alcanzara la edad adulta.
Amina sintió que su corazón nunca volvería a latir igual.
Lloró cada noche hasta quedarse sin lágrimas.
Yusuf nunca le dijo que dejara de llorar.
En cambio, se sentaba a su lado, le tomaba la mano y lloraba con ella.
Algunos dolores solo pueden compartirse.
El tiempo siguió avanzando, incluso cuando ellos deseaban que se detuviera.
Su cabello se volvió blanco.
Sus manos se llenaron de arrugas.
Sus pasos se hicieron más lentos.
Pero cada mañana, sin importar el clima, caminaban juntos hasta el viejo banco llevando dos tazas de té.
Una tarde de otoño, mientras las hojas doradas caían por el patio, Yusuf la miró con ternura.
—Si me voy antes que tú —susurró—, prométeme algo.
Ella sonrió.
—Cualquier cosa.
—No dejes de venir a nuestro banco.
Ella rió suavemente.
—¿Y quién beberá la segunda taza?
Él le apretó la mano.
—El amor.
Unas semanas después, Yusuf falleció pacíficamente mientras dormía.
El silencio que llenó la casa después fue insoportable.
Todos esperaban que Amina dejara de visitar el olivo.
Pero a la mañana siguiente, ella llevó dos tazas.
Tal como había prometido.
Durante doce años no faltó ni un solo amanecer.
La lluvia empapaba su ropa.
El calor del verano la agotaba.