PARTE 1
—Si no firmas este departamento a nombre de Iván, me aviento del piso dieciocho y voy a dejar claro que tú me empujaste.
Doña Ofelia lo dijo frente a mi esposo, como si estuviera pidiendo otra taza de café.
Me llamo Mariana Ortega, tengo treinta y seis años y durante once años confundí la paciencia con el amor. Soy contadora en una empresa de importaciones de la Ciudad de México. Mi esposo, Sergio Hernández, trabajaba como supervisor en una constructora. No bebía, no era mujeriego y jamás me levantó la mano. Durante mucho tiempo pensé que eso bastaba para llamarlo “buen hombre”.
Mi padre me había advertido antes de morir:
—Un hombre puede no ser malo y, aun así, destruirte si nunca se atreve a defenderte.
Yo no le creí.
La familia de Sergio venía de Texcoco. Don Rubén, mi suegro, era un hombre tranquilo hasta la cobardía. Doña Ofelia decidía por todos y adoraba a su hijo menor, Iván, un hombre de treinta y un años con ropa cara, teléfono nuevo y empleos que nunca duraban. Cada mes esperaba que Sergio le resolviera algo: una deuda, una mensualidad, un negocio “seguro”.
Yo había soportado transferencias, préstamos y mentiras por mantener unida a la familia de nuestra hija Camila, de siete años. Ofelia repetía que una nieta no continuaba el apellido y que todo esfuerzo debía reservarse para el hijo varón. Sergio siempre me pedía paciencia.
Aquella tarde, Ofelia, Rubén e Iván aparecieron sin avisar en nuestro departamento de la colonia Del Valle. Sobre la mesa había una carpeta con documentos.
—Iván se casa con Fernanda —anunció Ofelia—. Su familia exige que tenga vivienda propia. Por eso este departamento se pondrá a su nombre.
Creí que era una broma. La propiedad valía más de seis millones de pesos y todavía la estábamos pagando.
—Aquí vive Camila —respondí—. No es un regalo de bodas.
Ofelia sonrió con desprecio.
—Camila es niña. Algún día se irá con su marido. Iván es quien llevará el apellido.
Miré a Sergio.
—Diles que no.
Él bajó los ojos.
—Podríamos vender y comprar dos lugares más pequeños. Uno para nosotros y otro para mi hermano. Así todos quedamos en paz.
Entonces comprendí que ya habían repartido mi casa antes de hablar conmigo.
Me levanté.
—No voy a firmar nada.
Ofelia caminó hacia el balcón, abrió la puerta bajo la lluvia y subió un pie al borde.
—¡Entonces me mato! ¡Que todos sepan qué clase de nuera eres!
Corrí para bajarla. En cuanto toqué su brazo, ella se dejó caer al piso y comenzó a gritar.
—¡Auxilio! ¡Mariana quiso aventarme!
Los vecinos salieron. Iván apareció casi de inmediato y me llamó asesina. Camila llegó llorando desde su cuarto.
Miré a Sergio. Él había visto todo.
—Diles la verdad —le supliqué.
Mi esposo palideció, pero solo murmuró:
—Mejor hablemos adentro.
En ese instante, su silencio me condenó delante de todos.
Y mientras abrazaba a mi hija, entendí que aquella acusación no era el final, sino el principio. Era imposible creer lo que estaba a punto de ocurrir…