Una red de pequeños satélites para llevar internet a comunidades rurales de México donde miles de familias todavía dependían de conexiones inestables.
Ernesto lo consideraba una locura multimillonaria.
Y la enfermedad de Renata le había dado el argumento perfecto.
“Una mujer gravemente enferma, emocionalmente inestable y sin apoyo personal no puede dirigir el futuro de 3,800 empleados.”
Eso era lo que sus aliados repetían.
—Necesito que dejen de verme como una moribunda sola —dijo Renata—. Y necesito junto a mí a alguien que no pertenezca a este mundo.
Daniel miró el contrato.
12 millones de pesos.
Podía comprar una casa mejor para Valentina.
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Crear un fondo universitario.
Modernizar el taller.
Dejar de contar monedas cada fin de mes.
Aceptó con una condición:
—Mi hija siempre estará primero. Y no voy a mentirle.
Renata extendió la mano.
—Trato hecho.
Durante las siguientes semanas, Daniel pasó de instalar tableros eléctricos a acompañar tratamientos médicos por la mañana y reuniones corporativas por la tarde.
En público parecían una pareja.
En privado seguían siendo dos desconocidos intentando entender por qué empezaban a conocerse demasiado bien.
Daniel estuvo presente cuando Renata vomitó después de una sesión de tratamiento.
Cuando comenzó a perder el cabello.
Cuando lloró en silencio porque no podía subir sola unas escaleras.
Y también cuando, horas después, se puso una peluca perfecta, un traje impecable y entró a una junta como si nada hubiera ocurrido.
Ernesto Alcázar observaba todo.
Dos semanas después apareció personalmente frente al taller de Daniel.
—Bonito negocio —dijo mirando el viejo letrero—. Mi padre también trabajaba con las manos.
Daniel no respondió.
Ernesto colocó una tarjeta sobre una caja de herramientas.
—Sé que Renata te paga.
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Daniel sintió frío.
—No sé de qué habla.
—Sé lo de tu contrato. Sé dónde estudia Valentina. Sé cuánto debes del taller.
Daniel apretó la mandíbula.
—No vuelva a mencionar a mi hija.
Ernesto levantó las manos.
—No es una amenaza. Es una oferta.
Sacó un papel.
—30 millones de pesos. Te retiras. Después declaras públicamente que Renata te contrató para fingir una relación.
Daniel se quedó mirando la cifra.
—¿Quiere destruirla?
—Quiero salvar la empresa.
Esa noche Daniel hizo cuentas hasta casi las 2:00 de la mañana.
30 millones.
Era más dinero del que ganaría trabajando toda su vida.
Por primera vez desde que había conocido a Renata, no estaba seguro de qué debía hacer.
Entonces sonó el teléfono.
—Daniel…
Era Renata.
Apenas podía hablar.
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—Tengo fiebre… Andrea no contesta… creo que me voy a desmayar.
Después escuchó un golpe.
Daniel salió corriendo.
La encontró casi inconsciente.
Terminó nuevamente en el hospital, mirando médicos rodearla mientras los monitores marcaban una infección severa.
Cuando Renata despertó al amanecer, descubrió que su pañuelo se había movido y dejaba visible parte de su cabeza sin cabello.
Giró el rostro.
—No me veas.
Daniel acercó la silla.
—He trabajado 20 años arreglando instalaciones después de incendios. Créeme, sé reconocer algo que todavía tiene corriente.
Renata lloró.
No de tristeza.
De agotamiento.
Aquella tarde Daniel regresó al taller, tomó la oferta de Ernesto y la rompió.
Pero 72 horas después despertó con 18 llamadas perdidas.
En internet circulaban fotografías suyas entrando a casa de Renata de madrugada.
También aparecieron fragmentos del contrato.
Y un titular estaba en todas partes:
“HEREDERA SALGADO PAGÓ MILLONES POR NOVIO FALSO PARA ENGAÑAR AL CONSEJO”.
Las acciones de la empresa comenzaron a caer.
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Daniel llegó corriendo a casa de Renata.
Ella estaba sentada frente al televisor.
—Las fotos las pudo conseguir cualquiera —dijo.
Daniel respiró.
—Entonces podemos manejarlo.
Renata lo miró.
—El contrato no.
—¿Qué quieres decir?
—Solo existen 3 copias.
Daniel sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
—Una la tienes tú. Otra mi abogado.
Renata hizo una pausa.
—La tercera estaba dentro de mi caja fuerte.
Daniel entendió.
—¿Quién conoce la combinación?
Renata tragó saliva.
—Solo 2 personas.
Y una de ellas llevaba 6 años sentándose a mi lado.