Creyendo que iba a morir aquella noche, una multimillonaria llamó a su ex y rogó: “Solo quédate conmigo hasta que pase”. El número era incorrecto, pero quien respondió fue un electricista viudo con una hija de 10 años, y decidió presentarse en el hospital. Meses después, cuando él abrió una memoria USB, entendió por qué aquella llamada había puesto en peligro mucho más que una herencia.
Posted on 8 August 2026 by jonh
PARTE 1
—No soy Mauricio… pero si de verdad tienes miedo, voy a ir contigo.
Daniel Herrera jamás imaginó que pronunciaría esas palabras a las 2:07 de la madrugada, sentado en el sofá de su pequeño departamento en Iztapalapa, todavía con las botas de trabajo puestas y las manos manchadas de grasa.
El teléfono había sonado cuando toda la ciudad parecía dormida.
Daniel era electricista industrial y padre soltero de Valentina, una niña de 10 años. Su esposa, Mariana, había muerto de cáncer 4 años antes. Desde entonces, él había aprendido a despertarse ante cualquier ruido, cualquier tos, cualquier llamada nocturna.
Pero esa noche Valentina dormía en casa de una compañera.
Y la voz al otro lado no pertenecía a nadie que conociera.
—Mauricio… por favor. Estoy en el Hospital Ángeles. Habitación 608. No quiero estar sola.
Daniel frunció el ceño.
—Creo que marcaste mal.
Hubo silencio.
Luego escuchó un sollozo.
—¿Mauricio?
—No. Me llamo Daniel.
La mujer comenzó a disculparse, pero su respiración era tan entrecortada que Daniel sintió un golpe en el pecho.
Reconocía aquel miedo.
Era el mismo miedo que había sentido sentado junto a Mariana durante sus últimas noches.
—Escúchame —dijo—. No soy Mauricio, pero puedo ir. Aguanta un poco.
Veinte minutos después manejaba por Circuito Interior preguntándose si se había vuelto loco.
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Cuando las puertas del hospital se abrieron y le llegó el olor a desinfectante, casi retrocedió.
No pisaba un hospital desde la muerte de su esposa.
Pero recordó la frase:
“No quiero estar sola”.
Subió al sexto piso.
La mujer de la habitación 608 tendría unos 32 años. Estaba pálida, conectada a varias vías, con un pañuelo cubriéndole parte del cabello.
—Tú no eres Mauricio.
—Ya te lo había dicho.
Ella soltó una risa débil.
—Entonces oficialmente soy la mujer más patética de México. Me llamo Renata Salgado.
Daniel se quedó inmóvil.
Salgado.
Grupo Salgado Tecnología.
Una de las empresas mexicanas más importantes en sistemas satelitales y telecomunicaciones.
Renata era la única hija del fallecido empresario Octavio Salgado.
—Mauricio era mi novio —explicó ella—. Terminamos hace un mes. Me dejó dos semanas después de que me diagnosticaron.
Daniel no supo qué decir.
Poco después entró la doctora Elena Méndez y pidió hablar con él afuera.
Renata padecía anemia aplásica severa. Su médula había dejado prácticamente de producir células sanguíneas. El tratamiento estaba fallando.
Necesitaba un trasplante.
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Y aquella noche una infección podía matarla.
—Ella quiere que se quede —dijo la doctora.
Daniel volvió a entrar.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Renata.
—Porque una vez fui el que estaba sentado solo en un hospital.
No explicó más.
Durante horas hablaron.
Daniel le contó de Valentina, de sus dibujos de postes eléctricos, de su obsesión por arreglar cosas viejas. Renata habló de su padre, de los 3,800 empleados que ahora dependían de ella y de un consejo directivo que aprovechaba su enfermedad para cuestionar su capacidad.
—Todos desaparecen cuando te enfermas —murmuró—. Amigos, parejas… incluso algunos familiares empiezan a tratarte como si ya fueras un recuerdo.
Daniel permaneció ahí hasta el amanecer.
Renata sobrevivió.
Antes de que se fuera, le pidió su número.
Daniel pensó que aquella extraña historia había terminado.
Tres días después, una camioneta negra se estacionó frente a su pequeño taller.
Un chofer bajó y le entregó un sobre.
Dentro había una invitación.
Renata quería verlo urgentemente en su casa de Lomas de Chapultepec.
Al día siguiente, sentado frente a ella en una sala enorme con vista a la ciudad, Daniel escuchó una propuesta tan absurda que creyó haber entendido mal.
—Quiero contratarte durante 6 meses —dijo Renata—. Para que finjas ser mi pareja.
Daniel soltó una carcajada.
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Renata no sonrió.
—Te pagaré 12 millones de pesos.
Daniel dejó de reír.
Y entonces Renata le explicó que no necesitaba un novio.
Necesitaba sobrevivir a su propia familia empresarial.
Porque alguien dentro de Grupo Salgado estaba preparando un golpe para quitarle todo mientras ella luchaba por seguir respirando.
PARTE 2
El hombre detrás del intento de destituir a Renata se llamaba Ernesto Alcázar.
Había sido socio de Octavio Salgado durante casi 30 años y vicepresidente del consejo.
—No es un villano de caricatura —le explicó Renata a Daniel—. Cuando la empresa estuvo a punto de quebrar en 2001, hipotecó su casa para pagar nómina. Él cree sinceramente que está salvando lo que construyó con mi padre.
El problema era el proyecto de Renata.