—¡Ella rompió el cajón de miel fina para arruinarnos la cosecha! —gritó el encargado frente a todos. Yo me agaché a levantar un pedazo de madera. Por dentro, donde nadie debía mirar, había una frase raspada con navaja: “No prueben la miel del lote siete.”
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Posted on 1 August, 2026 by abel
—¡Ella rompió el cajón de miel fina para arruinarnos la cosecha! —gritó el encargado frente a todos.
Yo me agaché a levantar un pedazo de madera.
Por dentro, donde nadie debía mirar, había una frase raspada con navaja: “No prueben la miel del lote siete.” ⚠️
Me llamo Xóchitl Arriaga, tengo treinta y dos años y trabajaba por temporada en un apiario cerca de Cuetzalan, en Puebla. No era experta en abejas, pero aprendí rápido a no hacer movimientos bruscos, a reconocer el zumbido de una colmena sana y a distinguir el olor dulce de la miel limpia del olor amargo de algo echado a perder.
El rancho se llamaba La Flor del Monte. Tenía más de cien colmenas, árboles de naranja, cafetales alrededor y un cuarto frío donde guardaban los panales antes de la extracción. Cada año, antes de la cosecha grande, llegaban compradores de varias partes: tiendas naturistas, restaurantes, hasta una marca cara de cosméticos que pagaba bien por miel “pura de montaña”.
El encargado era Genaro Mijangos.
Todos le decían ingeniero, aunque nadie sabía si de verdad había estudiado. Caminaba con botas limpias, camisa fajada y una libreta negra donde apuntaba hasta quién se tardaba más en almorzar. A mí nunca me quiso.
—Las temporales no tocan los cajones especiales —me repetía—. Ustedes nomás cargan, barren y obedecen.
Yo obedecía porque necesitaba el dinero. Mi papá llevaba meses enfermo de los pulmones, y mi mamá vendía tamales para completar medicinas. No podía darme el lujo de perder el trabajo por contestona.
Pero había cosas que no me cuadraban.
Desde hacía dos semanas, varias abejas aparecían muertas cerca del lote siete. No muchas, apenas unas cuantas al principio, luego montoncitos pequeños junto a las piedras. También noté que la miel de esos cajones olía distinto, como a flores podridas mezcladas con cloro.
Se lo dije a Genaro.
—No inventes —me cortó—. Tú no sabes de esto.
—Pero las abejas se están muriendo.
Me miró con desprecio.
—Las abejas se mueren. La gente pobre también. No por eso paran los negocios.
Esa frase me dejó helada.
La mañana antes de la cosecha, llegaron dos compradores importantes. Genaro ordenó limpiar el área de extracción, acomodar los cajones más bonitos y no dejar que nadie se acercara al lote siete sin permiso. Eso fue lo que más me inquietó. Si todo estaba bien, ¿por qué tanto cuidado?
Cerca del mediodía, me mandaron por cubetas al almacén. Cuando regresé, escuché un tronido fuerte detrás del cuarto frío.
Corrí.
Uno de los cajones de madera estaba tirado en el piso, partido de un lado. La miel se escurría sobre la tierra como oro sucio. Las abejas zumbaban inquietas alrededor, y Genaro ya estaba ahí, señalándome antes de que yo entendiera qué había pasado.
—¡Fue ella!
Los trabajadores voltearon.
—Yo ni estaba aquí.
—Te vi rondando el lote siete desde temprano.
—Porque olía raro.
Genaro se acercó más, con los ojos encendidos.
—¿Lo oyen? Ya traía pretexto preparado. Quería sabotear la venta para que nos rechazaran la cosecha.
Uno de los compradores frunció el ceño.
—¿Hay problema con la miel?
—Ninguno —respondió Genaro demasiado rápido—. Solo una empleada resentida.
Sentí la cara arder. Quise defenderme, pero entonces vi un fragmento del cajón junto a mi bota. No era grande, apenas una tablita desprendida de la parte interna. Me agaché.
Genaro gritó:
—¡No toques eso!
Demasiado tarde.
Al darle vuelta, vi las letras grabadas con punta fina, apuradas, torcidas, como si alguien hubiera escrito escondido y con miedo.
“No prueben la miel del lote siete.”
Abajo había otra marca: una inicial y una fecha.
“R. M. — jueves noche.”
Reconocí esas iniciales.
Rogelio Morales.
El apicultor viejo que había trabajado ahí veinte años y que, según Genaro, se había ido sin avisar la semana anterior porque “ya no aguantaba el ritmo”. Pero Rogelio nunca se iba sin despedirse. Era de esos hombres que hablaban con las abejas antes de abrir una colmena.
—¿Quién escribió esto? —preguntó el comprador.
Genaro intentó arrebatarme la tabla.
—Es una broma vieja.
Pero en ese momento una de las muchachas del almacén, Pilar, señaló el cajón roto.
—Miren adentro.
Entre los panales partidos había una bolsita transparente pegada con cera al fondo. Dentro se veía un frasquito de vidrio sin etiqueta y un papel doblado.
El comprador lo sacó con cuidado.
El papel decía:
“Si encuentran esto, Rogelio no renunció. Lo encerraron porque descubrió con qué estaban mezclando la miel.”
Detrás del cuarto frío, las abejas empezaron a golpear contra una puerta metálica que nadie usaba.
Y desde adentro se escuchó un golpe.