—¡Me cortaron la línea!
Corrimos hacia la base del descenso. Darío estaba sujeto a un punto secundario, pálido pero ileso, mientras dos alumnos lo ayudaban a estabilizarse. Su cuerda principal colgaba abierta a la mitad, con las hebras rojas desflecadas balanceándose en el aire.
Y Gael estaba a tres metros de distancia, con la cara blanca y los ojos llenos de rabia.
—Yo no hice eso —dijo antes de que nadie le preguntara.
Darío se le fue encima con una furia teatral.
—¡Tú eras el último en revisar mi equipo! ¡Tú tocaste mi línea!
Los demás comenzaron a mirarlo como si la culpa ya estuviera decidida. Uno de los compañeros murmuró que Gael llevaba días resentido por no ser elegido para la práctica principal. Otra muchacha dijo que lo había visto cerca de las mochilas antes del descenso.
Mi hermano se defendió, pero Darío no le dio espacio.
—Quítate el arnés y lárgate del grupo —ordenó—. No pienso seguir atado a un loco.
Lo peor fue que nadie lo contradijo.
A más de media ladera, con viento helado y nubes bajando entre los pinos, obligaron a Gael a quitarse el equipo técnico y le dijeron que se quedara en el campamento de piedra hasta que terminaran la ruta. Sin radio. Sin cuerda. Sin derecho a tocar nada del material del equipo.
Lo dejaron ahí como si fuera un criminal.
Yo quise llevármelo de inmediato, pero Darío me cerró el paso.
—Si lo bajas ahorita, está aceptando que fue él.
Gael me miró desde el otro lado de las rocas. No estaba llorando. Eso me partió más. Solo estaba tragándose una humillación que no merecía.
Mientras todos recogían el equipo para seguir, vi a Darío dejar su chamarra azul sobre una piedra. El bolsillo lateral estaba medio abierto. No sé por qué metí la mano. Tal vez por intuición. Tal vez porque un hombre que grita demasiado casi siempre esconde algo.
Mis dedos tocaron metal.
Saqué una navaja plegable pequeña, de mango negro, todavía húmeda. En la bisagra tenía atoradas hebras diminutas de color rojo.
El mismo rojo de la línea cortada.
Levanté la vista. Darío me estaba viendo.
Y en ese instante entendí que no querían bajar a mi hermano de la montaña por seguridad.
Querían dejarlo solo el tiempo suficiente para convertirlo en el culpable perfecto.
La navaja pesaba poco, pero me dejó la mano helada. Las fibras rojas enredadas en la bisagra no eran tierra, ni pelusa, ni hilo de chamarra. Eran pedacitos del alma de una cuerda de seguridad, las mismas hebras abiertas que todavía colgaban de la línea cortada de Darío. Durante un segundo nadie habló. Solo se oía el viento pasando entre los pinos y el sonido de los mosquetones golpeando suave contra los arneses. Darío dio un paso hacia mí, no como instructor preocupado, sino como hombre al que acababan de abrirle el bolsillo equivocado.
—Dame eso —dijo.
Yo cerré el puño alrededor de la navaja. —¿Por qué traes fibras del cable cortado en tu chamarra?
Uno de los alumnos, Bruno, soltó una risa nerviosa. —A lo mejor la usó para cortar cinta o algo. —Entonces que explique por qué estaba escondida —respondió Gael, desde las rocas, con la voz ronca. Darío volteó hacia él con odio. —Tú no hablas. Estás fuera del ejercicio. —No —dije yo—. Él habla porque lo dejaste sin radio, sin cuerda y sin defensa después de acusarlo frente a todos. Darío quiso arrebatarme la navaja. Me hice hacia atrás y la guardé en la bolsa de mi chaleco. No sabía mucho de montaña, pero sabía que una prueba no se entrega al acusado.
La muchacha que había dicho ver a Gael cerca de las mochilas se llamaba Lucía. Se acercó a mirar la cuerda rota y luego la navaja. Sus ojos cambiaron. —Las fibras sí son del mismo color —murmuró. Darío la calló de inmediato, diciendo que no tocara material técnico si no quería reprobar también. Esa palabra, reprobar, hizo que varios bajaran la mirada. Ahí entendí otra cosa: no le tenían respeto. Le tenían miedo. Miedo a perder meses de curso, dinero invertido y una certificación que Darío manejaba como si fuera suya, no del estado.
Gael intentó ponerse el arnés de nuevo para revisar el punto de corte, pero Darío le gritó que no se acercara al equipo. Yo caminé hasta mi hermano y le devolví el casco que le habían quitado. —Póntelo. Si estamos en una ladera, nadie se queda sin casco por castigo. Un alumno mayor, Héctor, me apoyó. Dijo que, culpable o no, era una irresponsabilidad dejar a alguien a media montaña sin equipo. Darío se puso rojo. —Aquí mando yo. —Pues mande a explicar por qué su navaja trae cuerda —dijo Héctor.
El asistente técnico del curso, un hombre callado llamado Sergio, revisó la línea cortada con guantes. No la tocó mucho. Solo separó las hebras y frunció el ceño. —Esto no fue corte de emergencia. Fue corte limpio, casi completo, y luego jalón para que se abriera bajo tensión. Gael estaba a tres metros cuando tronó, pero el corte pudo hacerse antes. Darío se le fue encima con la mirada. —¿También tú vas a defenderlo? Sergio tragó saliva. —No defiendo a nadie. Estoy diciendo lo que veo.
Entonces Gael recordó algo. Antes del descenso, Darío había pedido que todos dejaran mochilas y navajas multiusos en una lona, para “evitar accidentes”. Gael entregó la suya. Darío no. Pedimos revisar la lona. Faltaba una navaja negra registrada en inventario del instructor. Darío dijo que cualquier persona pudo tomarla. Pero Lucía abrió la bitácora de equipo en su celular, donde el curso llevaba fotos de material para evaluación. La navaja encontrada tenía una marca plateada en el mango: DS-01. Darío Santibáñez. Instructor principal.
El viento se hizo más frío. Nubes bajaban rápido y Sergio insistió en cancelar la ruta. Darío dijo que no podían suspender por un berrinche familiar. Ahí Gael, todavía con el uniforme incompleto, señaló la carpeta impermeable que Darío llevaba siempre pegada al pecho. —Enséñales la lista final —dijo. Darío apretó la mandíbula. —¿Cuál lista? —La que cambiaste anoche. La de certificación. Me dijiste que si seguía revisando anclajes iba a aprender lo que cuesta incomodar a quien decide.
Yo miré a mi hermano. No me había contado eso. Gael bajó los ojos, avergonzado, como si haber callado también fuera culpa. Dijo que dos noches antes encontró una hoja en el campamento: seis lugares certificados, no nueve. Su nombre estaba tachado y en su lugar aparecía el de Mauricio Vidal, un alumno que no había completado maniobras, pero cuyo padre financiaba parte de las expediciones privadas de Darío. Cuando Gael pidió explicación, Darío lo acusó de revisar cosas ajenas. Esa mañana, casualmente, la línea del instructor apareció cortada y el único “resentido” señalado fue él.