Entonces comprendí que ellos ya sabían algo sobre el accidente del barco.
Guardé el teléfono y salí de detrás del granero con la maleta todavía en la mano.
—Diecisiete millones de pesos —dije.
Los tres se quedaron inmóviles.
Julián me miró como si hubiera visto un milagro.
Alma fue la primera en reaccionar.
—Hermana…
—Necesito un vaso de agua.
Caminé hacia la casa sin abrazar a nadie.
Sin preguntar nada.
Sin mencionar que había grabado toda la conversación.
Durante los siguientes minutos, Alma y Ernesto cambiaron por completo.
Me ofrecieron comida.
Se disculparon por el estado de Julián.
Aseguraron que él había sufrido una caída y que dormía en el cobertizo porque la humedad de la casa empeoraba sus dolores.
Yo fingí creerles.
Después expliqué que la aseguradora necesitaba comprobar quién administraba mis propiedades antes de liberar el dinero.
—También solicitaron los títulos originales de la finca —añadí—. Sin ellos, el pago quedará congelado.
Alma miró a Ernesto.
Fue un gesto breve.
Pero suficiente.
—Yo sé dónde están —dijo ella.
—Tráelos.
—Tal vez tardemos un poco.
—La representante de la aseguradora llegará en una hora.
Ernesto se puso de pie.
—Voy por ellos.
Alma lo acompañó.
Esperé hasta que cruzaron el patio y se dirigieron hacia el viejo molino.
Después ayudé a Julián a sentarse.
—¿Qué intentaban obligarte a firmar?
Mi esposo miró hacia el camino para comprobar que se habían alejado.
—No quieren solamente la finca.
—Entonces, ¿qué quieren?
—Que reconozca que tú moriste durante el último viaje.
Sentí que el aire desaparecía.
—Estoy aquí.
—Prepararon documentos para declarar que la mujer que regresara usando tu nombre era una impostora.
—¿Por qué harían algo así?
Julián señaló el molino.
—Porque el expediente original demuestra que esta propiedad nunca perteneció a tu familia.
—¿De quién es?
Antes de que pudiera responder, escuchamos un golpe metálico.
Alma y Ernesto acababan de abrir la caja oculta dentro del molino.
Entre sus manos apareció una carpeta negra, un sello notarial y una bolsa transparente que contenía varias fotografías.
Una de ellas cayó al suelo.
Mostraba a una mujer idéntica a mí, firmando documentos en una oficina.
La fecha impresa era de tres meses atrás.
Cuando yo todavía estaba en medio del océano.
Alma levantó la fotografía.
Me miró desde el otro lado del patio.
Y comprendió que yo también la había visto.
¿Qué pasó después…?
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Parte 2:
Durante unos segundos nadie se movió. Alma sostenía la fotografía con una mano mientras Ernesto intentaba esconder la carpeta negra detrás de su cuerpo. Yo permanecí junto a Julián, fingiendo que todavía no comprendía lo que estaba viendo, aunque por dentro sentía que cada pieza empezaba a encajar. La mujer de la imagen tenía mi rostro, mi cabello y hasta una cicatriz falsa junto a la ceja izquierda, pero yo sabía que no era yo. Tres meses antes me encontraba a cientos de kilómetros de la costa, incomunicada durante una tormenta que había dañado los sistemas del barco. Alma levantó la fotografía y sonrió con demasiada calma. —Debe ser una imagen vieja —dijo—. La fecha seguramente está mal impresa. No respondí. Solo le pedí que llevara todos los documentos a la casa porque la representante de la aseguradora llegaría en menos de una hora. Ernesto miró a mi hermana, esperando instrucciones, pero finalmente ambos caminaron hacia nosotros con la carpeta, el sello y la bolsa de fotografías.