Rosa nunca había visto ese documento.
Valeria sonrió y llamó a seguridad.
Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
Rosa intentó tomar el comprobante, pero Valeria lo retiró antes de que pudiera leerlo completo.
—No lo toques. Ya hay suficiente evidencia con tus huellas por toda la casa.
El guardia de la entrada apareció en la puerta de la cocina, incómodo. Conocía a Rosa desde hacía años y sabía que doña Elena confiaba en ella, pero Valeria era la futura dueña de la residencia y hablaba con la seguridad de quien esperaba obediencia.
—Revise su bolso —ordenó.
Dentro encontraron una pequeña llave del despacho que Rosa jamás había usado. Valeria afirmó que había desaparecido semanas atrás. También apareció una fotografía de la pulsera, impresa y doblada, con una cifra escrita al reverso.
Rosa entendió que cada detalle había sido colocado con cuidado.
—Llame a la policía —dijo Valeria—. Quiero que su hijo sepa por qué su madre no regresará hoy.
La crueldad de aquella frase venció el miedo de Rosa.
—La pulsera no se perdió —respondió—. Usted la vendió.
Valeria palideció.
Rosa contó lo que había escuchado: las deudas, el préstamo, las cuentas ocultas y la necesidad de culpar a otra persona antes del regreso de Alejandro. El guardia bajó la mirada. Desde el pasillo, Lupita escuchaba en silencio.
—Una sirvienta resentida puede inventar cualquier cosa —dijo Valeria—. Nadie te creerá.
Pero Rosa recordó el consejo de su hermana: guardar pruebas. Durante varias semanas había anotado horarios, llamadas extrañas, visitas del contador y objetos que Valeria movía del despacho. También había fotografiado, sin abrirlo, un paquete dirigido a una casa de empeño de Polanco porque Valeria le había exigido llevarlo al automóvil.
—La fecha de ese paquete es anterior al supuesto robo —dijo Rosa—. Y tengo la foto.
Valeria perdió el control.
Tomó a Rosa del brazo y la arrastró hacia la estufa, donde una sartén de hierro seguía caliente después del desayuno.