Después de 3 años de viaje, fui al aeropuerto a recibir a mi esposo y lo encontré abrazando a una joven con un bebé en brazos. “Es mi hijo, quiero el divorcio”, dijo frente a todos. No lloré; le entregué una carpeta y le pedí que regresara a casa, donde el altar y un testamento cambiarían todo.

PARTE 1

—Divórciate de mí sin hacer un escándalo; Daniela acaba de darme el hijo que tú nunca pudiste darme.

Ricardo pronunció esas palabras en medio de la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, mientras la gente pasaba a nuestro alrededor empujando maletas y abrazando a sus familiares. Yo llevaba tres años esperando su regreso de Canadá. Tres años cuidando sola a su madre, pagando hospitales y creyendo que aquel viaje de trabajo salvaría nuestro futuro.

Él volvió con un traje azul impecable, un reloj nuevo y una mujer de veinticinco años tomada de su brazo. Daniela cargaba a un bebé envuelto en una manta blanca y me miraba como si yo fuera una intrusa.

—¿Ella es Mariana? —preguntó, recorriendo mi ropa sencilla con desprecio—. Pensé que sería la señora que ayuda en la casa.

Ricardo ni siquiera se avergonzó. Me explicó que sus sentimientos habían cambiado, que Daniela y el niño merecían “un lugar legítimo” y que lo mejor era firmar un divorcio rápido. También aseguró que la casa de dos pisos en Clavería pertenecía a su madre y que yo no tenía derecho a reclamar nada.

—Te daré doscientos mil pesos para que empieces de nuevo —dijo—. Deberías agradecerlo. En estos años ni siquiera tuviste un trabajo formal.

No sabía que durante esos tres años yo había diseñado portadas, logotipos y campañas desde una mesa junto a la cama de su madre. Trabajaba de madrugada, después de bañarla, alimentarla y llevarla a hemodiálisis. Ricardo había enviado dinero solo durante los primeros cuatro meses. Luego llegaron las excusas: cursos, renta, impuestos, problemas con el banco.

Cuando doña Teresa empezó a perder la memoria, renuncié a mi empleo en una agencia. Cuando se fracturó la cadera, vendí mi automóvil. Cuando una infección la llevó a terapia intensiva, hipotecé mis ahorros y pedí préstamos. Lo llamé decenas de veces. Nunca respondió.

Pero frente a él no lloré.

Saqué de mi bolsa una carpeta transparente. Ricardo sonrió, convencido de que yo había llevado pruebas para rogarle.

—Los papeles del divorcio ya están preparados —le dije—. Solo falta tu firma.

Su sonrisa desapareció.

Intentó tomar la carpeta, pero la retiré.

—No aquí. Vamos a la casa. Hoy hay una comida especial y una persona que lleva mucho tiempo esperándote.

Daniela frunció el ceño.

—No pienso meter a mi bebé en esa casa vieja.

—Está limpia —respondí—. También está iluminada, decorada y llena de flores.

Ricardo aceptó porque quería terminar rápido. Una hora después, el taxi se detuvo frente al portón de la casa familiar. Él abrió con su vieja llave, entró cargando una maleta y encendió la luz de la sala.

Daniela soltó un grito.

Donde antes estaba la mesa de madera había un altar cubierto de flores blancas, veladoras y fotografías. En el centro aparecía doña Teresa sonriendo con el vestido que usó en nuestra boda. Frente al retrato había un plato de mole, arroz rojo y una taza de café, exactamente como a ella le gustaban.

Ricardo dejó caer la maleta.

Yo salí del pasillo vestida de negro y coloqué tres varitas de incienso frente a la fotografía.

—Llegaste justo a tiempo —dije—. Hoy se cumplen cien días desde que murió tu madre.

Sus rodillas golpearon el piso.

Y todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir.
La parte 2 está en los comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *