PARTE 2
A las dos de la madrugada, Mauricio despertó por el golpeteo de un cuchillo contra una tabla. Sonrió en la oscuridad. Pensó que su madre se había levantado temprano para preparar barbacoa, picadillo o quizá el pastel de papa que él adoraba. Se puso una camiseta y caminó descalzo hasta la cocina, anticipando un plato caliente. Cuando encendió la luz, la sonrisa desapareció. Sentado a la mesa estaba Rogelio Ramírez, su padre. Había manejado desde Toluca hasta la Ciudad de México de noche. Era un hombre ancho, de manos grandes, jubilado de una maderería donde había sido jefe de taller durante treinta años. No levantaba la voz porque no lo necesitaba. Teresa estaba de pie junto al fregadero, con los brazos cruzados. —Buenas noches, hijo —dijo Rogelio—. Ven. Estamos revisando tu grave problema de desnutrición. Mauricio tragó saliva. —Papá, esto no es lo que parece. —Tu madre me dijo que tu esposa te tiene muerto de hambre —continuó Rogelio—. Vine preocupado. Pero te veo la cara redonda, la panza tranquila y las manos más suaves que las de un bebé. —Daniela exagera. Llega cansada y no hace nada en la casa. Yo estoy buscando oportunidades. Rogelio apoyó una mano sobre su hombro. —¿Cuándo pagaste la última vez el gas? Mauricio guardó silencio. —¿Y el predial? ¿El supermercado? ¿La comida del gato? —Mi trabajo creativo no funciona con horarios. —Entonces esta noche funcionará con instrucciones. Teresa puso frente a él una cubeta con papas, cebollas, zanahorias, jitomates y chiles. También dejó carne molida, pollo, arroz y frijoles. —Querías comida casera —dijo—. Vas a prepararla. Mauricio soltó una risa nerviosa. —Son las dos de la mañana. —Daniela se levanta a las seis para ir a trabajar —respondió Teresa—. Tú puedes sacrificar una noche. Rogelio le entregó un mandil. —Y sin hacer ruido. Ella necesita dormir. Durante las siguientes horas, Mauricio descubrió que la comida no aparecía por magia. Peló papas demasiado gruesas y su madre lo obligó a repetir. Lloró picando cebolla. Quemó el primer comal. Salpicó aceite sobre la estufa y tuvo que limpiarlo antes de continuar. Amasó carne para albóndigas, coció arroz rojo, preparó frijoles de la olla y cortó una ensalada tan despacio; Rogelio miró el reloj tres veces. Cada vez que se quejaba, Teresa señalaba la puerta cerrada de Daniela. —Ella hace jornadas de doce horas y luego escucha que tú quieres “algo fresco”. Sigue cortando. A las cinco y media, Mauricio estaba empapado de sudor, con harina en el cabello y manchas de jitomate en la camiseta. Entonces Rogelio sacó una carpeta. —Aquí hay tres solicitudes de empleo —dijo—. Una tienda de materiales, una empresa de ventanas y un negocio de muebles. Mañana vas a presentarte. Mauricio alzó la cabeza. —No puedes obligarme. —No. Pero Daniela sí puede echarte de su casa. Y si vuelves con nosotros, no vas a vivir gratis. Trabajarás conmigo arreglando la bodega desde las siete de la mañana. Teresa abrió la puerta del horno. El olor de las albóndigas llenó la cocina. —Tienes un mes para convertirte en esposo —dijo—. Si no, al menos aprenderás a ser adulto. A las seis y media, sus padres se marcharon sin despertar a Daniela. Mauricio quedó frente a una montaña de trastes, agotado y asustado. Antes de salir, Rogelio se volvió. —Una cosa más, hijo. Daniela no debe enterarse de que vinimos a rescatar tu matrimonio. Lo que pase desde hoy tendrá que parecer decisión tuya. Mauricio asintió. No imaginaba que, al abrirse la puerta de la recámara unos minutos después, Daniela encontraría algo mucho más difícil de explicar que una cocina limpia.
ME ENCANTARÍA LEER SUS COMENTARIOS ANTES DE CONTINUAR CON LA PARTE 3.