PARTE 2
EL SECRETO QUE ME QUITÓ LAS GANAS DE LLORAR
Aquella noche pedí un taxi y fui a una clínica privada de la Ciudad de México.
Durante el trayecto llamé a Sebastián once veces.
No contestó ninguna.
Le envié un último mensaje:
Estoy en el hospital. Todavía podemos hablar. Por favor, contéstame.
Lo leyó.
No respondió.
Cuando la doctora me preguntó si estaba segura de interrumpir el embarazo, rompí a llorar.
No era una decisión sencilla. Había pasado semanas soportando inyecciones, estudios médicos y un miedo que no sabía explicar.
Pero también sabía que había buscado ese embarazo intentando salvar una relación que ya estaba rota.
La doctora me ofreció tiempo para pensarlo. Hablamos de mis opciones, de los riesgos y del acompañamiento que necesitaría.
Finalmente tomé mi decisión.
Cuando desperté del procedimiento, una enfermera me sostuvo la mano.