Mi madrastra subió al autobús que manejo a las seis de la mañana y se quedó helada al reconocerme. “No sabes en lo que te estás metiendo”, susurró mientras escondía su tarjeta. No le respondí; seguí el procedimiento. Jamás imaginé que aquella pequeña credencial, con la fotografía de mi padre, terminaría llevándome hasta 41 expedientes judiciales relacionados con el mismo abogado.

PARTE 2

El abogado se llamaba Mauricio Valdés. Representaba a una empresa llamada Administración Integral del Occidente, designada para manejar los bienes y supervisar el cuidado de mi padre.

Según su denuncia, yo había utilizado información confidencial de los pasajeros para acosar a Teresa y localizar a un adulto vulnerable.

Norma también enfrentaba una investigación administrativa por haber consultado los registros.

Mi esposa, Lucía, me encontró aquella noche sentado en la cocina.

—Rafa, necesitamos un abogado.

—Necesitamos encontrar a mi papá —le respondí.

Primero busqué a mi tía Julia, hermana menor de Héctor.

Me recibió con café y pan dulce, pero cuando escuchó lo sucedido, su rostro se endureció.

—Tu padre sufrió un derrame cerebral hace cuatro años. Teresa se quedó cuidándolo cuando nadie más estaba.

—¡Porque ella me hizo creer que él me odiaba!

—No sé qué pasó entre ustedes. Pero tiene documentos y abogados. No te metas en problemas.

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