Llevaba dos años cubriendo casos del tribunal juvenil del condado de Davidson, en Nashville.
Había presenciado cientos de audiencias.
Pero ninguna me había marcado como aquella.
El acusado era Elijah Vance, un muchacho de apenas 17 años.
Lo acusaban de entrar por la fuerza a una casa en Dickerson Pike a las dos de la madrugada.
No robó dinero.
No se llevó teléfonos ni joyas.
SOLO SE LLEVÓ UNA PERRA.
Era una pitbull de unos 20 kilos, blanca con manchas grises.
Tenía un ojo cerrado por una cicatriz, las costillas visibles y zonas sin pelo por pasar demasiado tiempo sobre el concreto.
Había estado encadenada a un bloque de cemento.
Un alambre le apretaba tanto el cuello que se había incrustado en su piel.
Su dueño, Gerald Faust, denunció el robo.
El fiscal lo llamó allanamiento de morada.
El abogado defensor lo llamó rescate.