PARTE 2
No discutí con Iván. Anoté la hora, ayudé a mi abuelo a subir al coche y conduje hasta el departamento que había rentado cerca del hospital militar. Solo tenía un colchón inflable, una mesa plegable y una cafetera. Ernesto observó el espacio y soltó una risa cansada.
—Nos va a sobrar lugar para bailar.
Le ofrecí agua tibia y cobijas, pero seguía temblando. Su temperatura corporal había bajado a 34.9 grados. Lo llevé a urgencias. El médico confirmó hipotermia leve, deshidratación y una lesión incipiente por presión en la cadera. Todo quedó asentado en el expediente clínico.
Una trabajadora social habló con Ernesto a solas. Me pareció insoportable dejarlo sin compañía, hasta que recordé lo que yo misma había exigido en la cocina: escuchar su voluntad. Cuando regresó, ella me explicó que orientaría el caso a las autoridades correspondientes por posible negligencia hacia una persona mayor.