“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

PARTE 2

El equipo llegó con una camilla de urgencias y un monitor. La doctora de guardia, Laura Mendoza, me apartó lo suficiente para evaluar al paciente. Nadie me preguntó por Ofelia. Todos miraban el registro que afirmaba que ese hombre llevaba horas muerto.

—Tiene pulso. Muy lento, pero lo tiene —confirmó Laura—. Muévanlo a terapia intensiva.

Entonces vi a Valdés en la puerta. No parecía sorprendido. Parecía furioso.

—¿Quién autorizó intervenir? —exigió.

—Su paciente respira —contesté—. Usted tendrá que explicar por qué lo declaró muerto.

El médico quiso recoger su carpeta, pero Laura la retuvo junto con la hoja de ingreso. Se notificó a la dirección y se preservaron los documentos. A Patricia nadie tuvo que avisarle: apareció antes de que terminaran de trasladar a Andrés.

—Soy su esposa. Quiero llevármelo a otro hospital —dijo.

Laura le explicó que estaba inestable y que primero debían atenderlo. Patricia insistió tres veces en hablar a solas con Valdés. Al negárselo, se marchó haciendo llamadas.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *