Mi esposo me rompió dos costillas mientras sonreía y, horas después, fingió ser el marido perfecto en el hospital. “Diles que te caíste”, me susurró. No discutí. Cuando el médico vio mis heridas durante tres segundos, le mostré las pruebas que llevaba ocho meses escondiendo. Lo que encontró podía destruir no sólo a mi esposo, sino a toda su poderosa familia.

PARTE 2

—Lucía Paredes no puede haber firmado esto —dije—. Su número aparece en los archivos de la fundación, pero nadie sabe dónde vive.

Esteban tomó una fotografía del documento con autorización del personal responsable del expediente y pidió que quedara asentado cómo había llegado al hospital. No quiso afirmar que fuera falso sin verificar la cédula profesional y la firma. Su prudencia me irritó, aunque precisamente por eso empecé a confiar en él.

Un trabajador social avisó al Ministerio Público conforme al protocolo del hospital. Mauricio protestó, amenazó con cancelar los convenios de su fundación y finalmente salió cuando le dijeron que yo había solicitado no verlo. No estaba detenido. Seguía libre para mover sus contactos y preparar otra versión de los hechos.

A las cuatro de la mañana llegó Clara. Traía mis lentes, un cambio de ropa y el sobre que llevaba ocho meses guardando.

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