PARTE 2
Leí el correo tres veces mientras Inés respiraba con apoyo en la unidad neonatal. Mi hermana acababa de presumir en redes la casa nueva que, según ella, Rafael le había regalado por convertirse en mamá. La había visto elegir pisos, lámparas y muebles sin preguntarme nunca de dónde salía tanto dinero.
Yo era contadora independiente. Seis meses antes, por petición de mi abuela Ofelia, todavía viva entonces, había revisado algunas cuentas del negocio familiar. Ella creó un fideicomiso bancario para gastos de salud y educación de sus nietas y bisnietos. Después de su muerte, ocurrida cuatro meses atrás, cualquier retiro extraordinario requería la autorización de dos integrantes del comité, y una firma debía ser la mía. No porque fuera la favorita, sino porque la abuela sabía que Rafael mezclaba el dinero del negocio con el de la casa.