La lluvia comenzó antes de que pudiera decidir adónde ir. Me quedé bajo el toldo de la entrada, mirando las ventanas del departamento donde había pasado los últimos años. Detrás de una de ellas estaban mis diplomas, la cadena rota de mi madre, mis cuadernos y una vida que Daniel pretendía quitarme con un mensaje. No tenía familia en la ciudad. Mis padres habían muerto cuando yo era adolescente, y al casarme me alejé de mis amistades para dedicar cada hora al negocio. Mi tarjeta de débito tenía menos de ochocientos pesos: el resto de mis ingresos los había entregado a Daniel para reinvertirlos. Un guardia me recomendó llamar a una patrulla para documentar lo ocurrido. Le pedí tomar una fotografía de la orden y guardé el nombre del administrador. No sabía aún qué podía reclamar legalmente, pero sí sabía que algún día iba a necesitar pruebas. Caminé varias cuadras hasta intentar encontrar un café donde resguardarme. Estaba empapada. No había desayunado, me dolía la cabeza y la fiebre empezó a hacerme tiritar. Frente a un cruce, la luz cambió. Di un paso y mis piernas dejaron de sostenerme. Escuché un frenazo. Cuando abrí los ojos apenas un instante, vi a un chofer agachado junto a mí. Una voz masculina ordenó desde un automóvil oscuro: —No la muevas bruscamente. Llama a una ambulancia. El hombre se acercó y apartó con cuidado el cuello de mi blusa para comprobar que respiraba bien. Al hacerlo, descubrió el pequeño dije de plata en forma de media luna que yo llevaba desde los trece años. Se quedó inmóvil. —No puede ser —murmuró—. Esa media luna… Después todo se apagó. Desperté en una habitación tranquila de un hospital privado. Una enfermera me explicó que había sufrido deshidratación, fiebre y agotamiento, y que un hombre había cubierto el depósito de la atención. Al poco rato entró ese mismo desconocido: unos treinta y tantos años, traje azul marino y una mirada sorprendentemente triste. —Soy Alejandro Mendoza —se presentó—. Mi chofer alcanzó a frenar. ¿Cómo te sientes? —Mejor. Gracias por ayudarme. Cuando consiga trabajo, voy a pagarte lo que gastaste. —Primero recupérate. Lo demás puede esperar. Le conté lo indispensable sobre Daniel, la oficina y la puerta cerrada. Alejandro escuchó sin interrumpirme. Después dijo que dirigía Grupo Horizonte, una desarrolladora con proyectos de vivienda sustentable. Necesitaban a alguien que ordenara los archivos de diseño y coordinara agendas mientras concluían una contratación. —No quiero caridad —aclaré. —Por eso te estoy ofreciendo un trabajo formal, con sueldo y contrato. Si no te interesa, también puedo ayudarte a contactar a una abogada independiente. No me debes aceptar nada. Por primera vez en veinticuatro horas alguien me daba opciones en vez de órdenes. Le confesé que yo era diseñadora, aunque llevaba años sin firmar un proyecto. Me pidió que, cuando estuviera lista, llevara mi portafolio. Esa tarde una colaboradora suya consiguió ropa limpia para mí y un cuarto temporal cerca de la oficina. A la mañana siguiente Alejandro volvió con una carpeta de recursos humanos, pero antes de entregármela observó el dije que asomaba de mi cuello. —¿Dónde conseguiste esa media luna, Silvia? —Era de mi mamá. Se partió hace quince años, durante una inundación en el sur. Le entregué la otra mitad a un muchacho al que ayudé a salir del agua. Nunca volví a verlo. Alejandro se quedó pálido. Metió la mano en su bolsillo y dejó sobre la mesa una bolsita de tela desgastada. —Entonces tengo que contarte algo que llevo quince años tratando de decirte. PARTE 3
Después de cinco años de matrimonio, mi esposo me dejó en la calle por su secretaria: “Ya no sirves para mi nueva vida”. No supliqué; guardé las pruebas y caminé bajo la tormenta hasta desplomarme junto a un auto de lujo. El presidente de una gran empresa bajó corriendo, me miró y se quedó helado al descubrir el pequeño objeto que llevaba desde hacía quince años…