Un vaquero solitario le prestó su caballo a una joven apache perseguida por 3 hombres… y días después descubrió que ella era la hija de un jefe, perseguida por el secreto que podía destruir a todo el valle.
Parte 1
—Si esa muchacha apache cruza viva el arroyo, quemen el rancho del hombre que la ayude.
La amenaza llegó con el viento caliente del desierto, antes de que Thomas Mercer pudiera ver de dónde venía.
El sol de Arizona caía como una sentencia sobre la vieja ruta chiricahua. Thomas estaba reparando una cerca caída en el límite este de su rancho, con las manos llenas de polvo, unas pinzas oxidadas en el cinturón y el corazón enterrado desde hacía 16 años junto a su esposa Clara y el hijo que nunca llegó a llorar.
Entonces la vio.
Una joven apache corría descalza por el sendero, con el cabello negro pegado al rostro y un envoltorio de piel sujeto contra el pecho. Tenía tal vez 18 años. No gritaba. No pedía ayuda. Corría con la desesperación silenciosa de quien sabe que suplicar no sirve.
Detrás de ella, 3 jinetes levantaban una nube roja de polvo.
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Thomas miró hacia su caballo, Copper, una yegua baya de 11 años, tranquila, fuerte, el último ser vivo al que todavía trataba con ternura. Después miró a la muchacha. La distancia era cruel. Los hombres la alcanzarían antes de que ella llegara a las rocas.
La joven se detuvo frente a él. Sus ojos no tenían miedo. Tenían cálculo. Dignidad. Fuego.
Thomas no dijo nada. Solo le extendió las riendas.
Ella miró la yegua, luego a él, luego otra vez a los jinetes.
—La herradura delantera izquierda está floja.
Thomas parpadeó. La estaban cazando, traía la muerte pisándole los talones, y aun así había notado una herradura suelta.
—Lo sé —respondió él, aunque no lo sabía.
La joven montó en un solo movimiento, ajustó el envoltorio contra su cuerpo y clavó los talones. Copper salió disparada hacia el este, entrando entre cedros, piedra y sombra.
Thomas quedó solo en medio del camino.
Los 3 jinetes llegaron segundos después. Hombres blancos, botas caras, pistolas limpias, sonrisas torcidas. No eran vaqueros. Eran de esos hombres que cobran por hacer lo que otros prefieren negar.
El que llevaba un pañuelo rojo lo miró desde arriba.
—¿Viste pasar a una india con un paquete?
Thomas sostuvo la mirada.
—He estado reparando esta cerca.
—No fue eso lo que pregunté.
Thomas dejó caer las pinzas al suelo.
—Entonces haga una pregunta mejor.
Los otros 2 rieron, pero el del pañuelo vio las huellas frescas de Copper. Luego vio a Thomas sin caballo.
—Esas marcas son tuyas.