PARTE 2
Víctor llamó al doctor Cárdenas, un conocido suyo que llegó con el saco arrugado y ni siquiera pidió análisis de sangre.
—Es agotamiento —dictaminó—. Estrés y exceso de trabajo. Reposo, vitaminas y nada de imaginar enfermedades.
—Tengo temblor en las manos, náuseas y sabor a metal —insistió Elena.
El médico sonrió con condescendencia.
—Los doctores son los peores pacientes.
Víctor lo acompañó a la puerta. Elena escuchó un murmullo breve en el pasillo, como si ambos confirmaran algo.
Ese mediodía apareció Ofelia, la madre de Víctor, cargando bolsas del mercado y una charola de pan dulce.
—Vine porque esta casa necesita una mujer que ponga orden —anunció—. Tú solo sabes trabajar.
Ofelia nunca había ocultado su resentimiento. Decía que su hijo vivía a la sombra de una mujer mandona. Meses atrás, Elena la había escuchado por teléfono diciendo:
“Cuando se enferme como debe, mi muchacho recuperará lo que le corresponde”.
Entonces prefirió creer que era una frase de coraje. Ahora le quemaba por dentro.
Esperó hasta que Ofelia salió a la farmacia y Víctor se quedó dormido frente al televisor. Guardó la almohada en una bolsa deportiva, se puso un abrigo encima de la bata y salió en silencio con Humo.
En la clínica, su asistente Marina palideció al verla.
—Analiza esto. Busca toxinas, solventes, cualquier sustancia que no debería estar ahí.
El resultado tardó casi una hora.
Marina entró al consultorio con una hoja temblando entre los dedos.
—Lo corrí dos veces.
Era un tóxico de absorción lenta. En dosis pequeñas provocaba debilidad, confusión, náuseas, temblores y deterioro progresivo. Elena había visto cuadros semejantes en perros envenenados.
—Alguien lo puso a propósito —dijo Marina.
Elena mandó hacer dos copias, dejó la almohada bajo llave y regresó a casa con otra para que nadie notara el cambio.
Entonces recordó una cámara pequeña que había instalado años atrás para vigilar a Humo cuando era cachorro. Seguía grabando hacia el pasillo y almacenaba todo en la nube.
Esa noche abrió la aplicación.
Retrocedió hasta el día en que Víctor supuestamente estaba en Aguascalientes.
A las once con cuarenta y siete, la puerta se abrió.
Víctor entró en silencio, avanzó hasta la recámara y desapareció del ángulo. Cuatro minutos después salió guardando un frasco pequeño en el bolsillo.
No había viajado. Había creado una coartada.
Elena guardó el video. Poco después, mientras Víctor se bañaba, abrió su portafolio. Encontró una nota con el nombre de una clínica psiquiátrica, una fecha de evaluación y una palabra subrayada: “incapacidad”.
Debajo había un borrador de poder notarial para administrar propiedades, cuentas y negocios.
No querían matarla rápido.
Querían enfermarla, declararla incapaz y quedarse con el departamento y la clínica.
La respuesta sobre quién había diseñado el plan llegó al día siguiente.
Ofelia apareció con una enorme bolsa de tienda departamental.
—Te traje una almohada ortopédica, hijita. Para que descanses y dejes de pensar que todos están contra ti.
La colocó personalmente bajo la cabeza de Elena.
En cuanto la tela rozó su rostro, Elena reconoció el mismo olor químico. Junto a la costura brillaba la misma línea aceitosa.
Entonces entendió que Víctor no era el cerebro.
Era solo la mano temblorosa de alguien mucho más frío.
Y cuando abrió la cámara para revisar quién había preparado aquella segunda almohada, descubrió una escena capaz de destruir a toda una familia…