Se escuchó a mi hija llorar.
Después apareció Patricia cargándola.
No de una manera violenta.
Eso, extrañamente, hizo que la escena resultara todavía más difícil de mirar.
Porque estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Caminó hacia el patio mientras decía:
—Cinco minutos de silencio no le van a hacer daño a nadie.
Mi tía volvió a hablar.
—No la saques. Hace aire.
—Está techado.
—Entonces dásela a Mariana.
Patricia se detuvo.
Y dijo una frase que hizo que toda la mesa quedara inmóvil.
—Mariana necesita aprender que no puede usar a esa niña para controlar esta casa.
La miré.
—¿Controlar qué?
Patricia no respondió.
En el video se escuchó abrirse la puerta del patio.
Después la imagen quedó inclinada sobre una mesa exterior.
Desde ahí podía verse parte del jardín.
Patricia llevaba a mi bebé en brazos.
Caminó hacia la vieja casita de Bruno.
Y desapareció parcialmente del cuadro.
Mi papá dio un paso hacia la pantalla.
—No…
Patricia se adelantó.
—Arturo, yo puedo explicarlo.
—Déjame escuchar.
Era la primera vez que escuchaba a mi padre hablarle así.
La grabación continuó.
Mi hija lloraba desde algún punto fuera de cámara.
Entonces Patricia regresó.
Mi tía Lucía apareció detrás de ella.
—¿Dónde la pusiste?
—Está protegida.
—¿Dónde?
Patricia señaló hacia la casita.
Lucía abrió los ojos.
—¿Estás loca? Sácala de ahí.
—No exageres.
—¡Es una recién nacida!
En ese momento alguien más apareció en la grabación.
Era Ernesto, hermano de Patricia.
Había llegado temprano a la comida.
Hasta entonces estaba sentado al fondo del comedor, completamente callado.
En el video se acercó al patio y preguntó:
—¿Qué está pasando?
Patricia respondió:
—Nada. Mariana necesita entender algunas cosas.
Ernesto miró hacia la casita.
Luego dijo algo que ninguno de nosotros esperaba.
—No hagas esto hoy. Ya hablamos de esperar.
Giré lentamente hacia él.
—¿Esperar para qué?
Ernesto bajó la mirada.
Patricia explotó.
—¡Eso no tiene nada que ver!
Mi papá se interpuso entre nosotros.
—Entonces dinos qué significa.
Ernesto se levantó de la mesa.
—Yo me voy.
—No —dije.
Me sorprendió la firmeza de mi propia voz.
—Nadie se va hasta que termine el video.
Patricia soltó una risa nerviosa.
—¿Ahora tú das órdenes en mi casa?
Mi papá respondió antes que yo.
—La casa también es mía.
Patricia lo miró como si acabara de traicionarla.
—¿En serio vas a ponerte de su lado?
—No estoy del lado de nadie. Quiero saber qué pasó con mi nieta.
Por primera vez, Patricia pareció no tener preparada una respuesta.
Volví a reproducir.
La siguiente parte era principalmente audio.