—¿Y qué vas a hacer? ¿Llamar a la policía porque tu nuera te dio una cachetada?
No contesté.
Saqué mi celular y marqué al licenciado Arriaga.
Él llevaba medio año esperando que ocurriera algo que demostrara que Fernanda estaba intentando presionarme para obtener acceso a bienes protegidos.
Contestó inmediatamente.
—¿Ya llegaron? —preguntó.
Sentí que Mauricio se quedaba inmóvil.
—Sí.
—Entonces no los deje entrar por ningún motivo. Y revise su correo. Acabo de enviarle lo que encontramos sobre la venta de Celaya.
Abrí el mensaje.
Había contratos, transferencias y una copia de la escritura.
Pero no fue el precio de venta lo que me dejó helada.
Fue descubrir que la firma utilizada para liberar la restricción del fideicomiso llevaba mi nombre.
Y debajo aparecía como testigo alguien a quien yo había enterrado hacía cuatro años.
Mi esposo.
Levanté lentamente la mirada hacia Mauricio.
Él ya sabía lo que estaba viendo.
Y por primera vez aquella mañana, dejó de pedirme entrar.
Parte 2:
Mauricio no dijo nada.
Fernanda, en cambio, seguía respirando con rabia, sin entender por qué mi hijo había cambiado de color.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó.
Le mostré la pantalla.
—Aquí aparece mi firma autorizando la liberación de la restricción del fideicomiso.
Fernanda se encogió de hombros.
—Pues firmaste y ya.
—No firmé.
Entonces bajé hasta la última hoja.
—Y tu suegro aparece como testigo.
Mauricio cerró los ojos.
Mi esposo, Rafael, había muerto cuatro años antes de la fecha que aparecía en ese documento.
Fernanda dejó de hablar.
El licenciado Arriaga seguía en la línea.
—Señora Elena, ya preservamos copia certificada del expediente. No discuta más. Si intentan entrar, llame a la policía.
Mauricio levantó la cabeza.
—Mamá, déjame explicarte.
—Empieza por decirme quién firmó por tu padre muerto.
Se quedó quieto.
Fernanda lo miró.
—Mauricio, ¿qué hiciste?
Él reaccionó como si la pregunta fuera una traición.
—Tú sabías que había problemas con la casa.
—Sabía que había una restricción. No sabía esto.
Ahí entendí que tampoco entre ellos se habían contado todo.
Una patrulla dobló la esquina. Mi vecina Clara la había llamado después de verme recibir la bofetada.
Fernanda dio un paso hacia el coche.
—Yo me voy.
—Todavía no —dijo uno de los agentes al acercarse—. Necesitamos saber qué pasó aquí.
No hice un espectáculo. Expliqué el golpe, mostré la mejilla y dije que no autorizaba a ninguno de los dos a entrar.
Mauricio seguía junto a las maletas.
Parecía más avergonzado que preocupado por mí.
—Mamá, por favor, no hagas una denuncia.
—Eso lo decides tú después de explicar los documentos.
Fernanda soltó una risa amarga.
—Todo esto por una casa vieja.
La miré.
—No. Todo esto porque alguien usó mi nombre y el de un muerto para venderla.
El agente también escuchó.
Pidió ver el correo.
No podía determinar ahí qué era auténtico, pero tomó nota y me recomendó formalizar la denuncia por separado.
En ese momento llegó Arriaga.
No vino solo.
Traía a una mujer del despacho notarial que había intervenido en la venta de Celaya.
Se presentó como la licenciada Méndez.
—La escritura registrada no coincide con la versión original que salió de nuestra notaría —dijo.
Mauricio se sentó sobre una de las maletas.
—¿Cómo que no coincide?
Méndez abrió una carpeta.
La versión interna de la notaría todavía contenía la restricción del fideicomiso. La copia utilizada para registrar la venta llevaba un anexo diferente.
Ese anexo era precisamente donde aparecían mi autorización y la firma de Rafael.
—¿Quién presentó ese anexo? —pregunté.
La licenciada miró a Mauricio.
—Un gestor contratado por el comprador. Pero la documentación de respaldo fue entregada por su hijo.
Fernanda se volteó hacia él.
—Me dijiste que el gestor se encargó de todo.
—Eso hizo.
—No. Tú le diste los papeles.
Mauricio apretó la mandíbula.
Arriaga colocó otra hoja sobre el cofre del coche.
Era una transferencia realizada dos días después de la venta.
Una parte importante del dinero no había ido a la cuenta de Mauricio.
Había terminado en una cuenta a nombre de Fernanda.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Ella palideció.
—Era para el negocio.
—El negocio abrió cuatro meses después.
No respondió.
Mauricio se llevó las manos a la cabeza.
—Yo sólo intentaba sacar adelante las cosas.
—¿Firmando por tu padre?
—No fui yo.
—Entonces dime quién.
El silencio se volvió pesado.
Mi hijo miró a Fernanda.
Ella retrocedió.
—Ni se te ocurra.
Arriaga dejó de revisar papeles.
—¿Qué sabe ella?