Las patrullas se detuvieron a unos metros de mi casa con las luces apagadas. Don Ernesto seguía hablando con la operadora mientras yo miraba las cámaras.
Renata continuaba tomando fotografías.
Mauricio caminaba por el pasillo como si ya fuera dueño de la casa.
Esteban seguía abajo.
Yo quería cruzar la calle. Quería entrar, agarrar a mi hijo por los hombros y preguntarle en qué momento se había convertido en alguien capaz de hacer aquello. Don Ernesto me sujetó del brazo.
—No.
—Es mi casa.
—Y Valentina está aquí. Eso es lo único que importa ahora.
Tenía razón.
Dos agentes entraron por la parte trasera. Otros esperaron afuera. En menos de tres minutos vi a Mauricio levantar las manos. Renata dejó caer el teléfono. Esteban intentó salir por una puerta lateral del patio, pero lo detuvieron antes de llegar a la calle.
Cuando finalmente pude volver, un bombero me impidió entrar de inmediato.
—Tenemos que ventilar y revisar todo primero.
Aquella frase me confirmó lo que yo ya sabía.
No había sido una simple puesta en escena.
Habían manipulado el sistema de gas de manera peligrosa y habían interferido con los dispositivos de seguridad. No quise saber los detalles técnicos. Me bastó escuchar al perito decir que, de haber estado Valentina y yo dormidos dentro durante horas, las consecuencias podían haber sido fatales.
Me senté bajo el techo de la cochera de don Ernesto con una cobija sobre los hombros.
A mis setenta años, descubrí que hay momentos en que el cuerpo ya no sabe si temblar de frío, de miedo o de rabia.
Valentina se despertó poco antes de medianoche. Bajó con su conejo de peluche y se sentó junto a mí.
—¿Ya podemos volver a casa?
La miré y sentí que el corazón se me partía.
—Todavía no, mi vida.
—¿Fue el tío Mauricio?
No pregunté cómo lo sabía. Los niños ven mucho más de lo que los adultos creemos.
—Sí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró.
—Entonces ya no quiero que venga a mis partidos.
La abracé.
No tenía palabras mejores.
Durante los días siguientes, la Fiscalía encontró lo que faltaba.
Mauricio y Renata estaban ahogados en deudas. El negocio de eventos de Renata había perdido a sus mejores clientes y una obligación importante vencía pocos días después de la noche en que entraron a mi casa.
El fideicomiso de Valentina era su salida.
En la computadora de Renata encontraron una solicitud de tutela de emergencia, fotos de mis medicamentos, el falso registro de “incidentes”, notas sobre mis horarios y una denuncia preparada.
Después de provocar la emergencia, ella pensaba reportar a una niña que vivía con un abuelo “confundido, medicado y alcohólico”. Las autoridades encontrarían las botellas, las medicinas y meses de supuestos descuidos. Mauricio aparecería como el familiar responsable dispuesto a rescatar a Valentina.
Si yo sobrevivía, intentarían declararme incapaz. Si no, el camino al fideicomiso sería todavía más corto.
No habían previsto a don Ernesto ni las nuevas cámaras.
Esteban habló primero porque comprendió que los videos lo comprometían y que Mauricio intentaría culparlo de todo.
Entonces apareció una frase que me dejó sin dormir otra vez.
—Mauricio dijo que “esta vez tenía que salir bien”.
—¿Esta vez? —pregunté.
La fiscal no respondió inmediatamente.
Solo cerró la carpeta frente a ella.
—Señor Herrera, hay otra parte de esta investigación que debemos revisar.
Seis días después regresé a su oficina. Sobre el escritorio estaban los registros telefónicos de la noche en que murió Mariana.
Yo llevaba dieciocho meses intentando recordar una llamada que jamás había ocurrido.
—Su hijo le dijo que Mariana salió para verlo a usted, ¿correcto? —preguntó la fiscal.
—Sí. Dijo que yo necesitaba unos papeles de la casa.
Ella deslizó una hoja hacia mí.
—Usted no llamó a Mariana esa noche.
Miré la página.
No entendí lo que veía al principio.
Luego reconocí el número de Mauricio repetido una y otra vez.
Once llamadas.
Once.
Entre las siete de la noche y poco antes del accidente.
Las últimas tres duraron menos de un minuto porque Mariana ya no quería contestar.
—También recuperamos mensajes —continuó Daniela—. Su hija había descubierto que Mauricio había usado su nombre y falsificado su firma para respaldar un préstamo importante.
Sentí un zumbido en los oídos.