Varios bienes quedaron comprometidos para reparar el daño.
Su nombre, que durante años había aparecido en entrevistas empresariales y eventos de la construcción como ejemplo de éxito, terminó asociado al fraude que había organizado.
Meses después, al salir de una audiencia, Mariana lo vio de lejos.
Ya no llevaba el traje impecable que recordaba.
Caminaba detrás de sus abogados con los hombros vencidos.
Mariana no sintió satisfacción.
Solo pensó en la cantidad de personas que podían destruir su vida convencidas de que jamás serían descubiertas.
Una tarde, casi un mes después de la caída de Rodrigo, Don Andrés volvió al departamento.
Esta vez avisó con anticipación.
No llevaba la vieja maleta.
Solo una bolsa con queso de rancho, tortillas hechas a mano y unos dulces para Camila.
Víctor abrió la puerta.
Se quedó inmóvil unos segundos.
Luego dio un paso atrás.
—Pase, Don Andrés.
El anciano entró.
Víctor tomó su chamarra y respiró profundamente.
—Quiero pedirle perdón.
Don Andrés no respondió.
—No por haber despedido al dueño de mi empresa de mi casa —continuó Víctor—. Quiero pedirle perdón por haber echado a un hombre mayor pensando que era pobre y que no podía hacerme nada. Si usted hubiera sido exactamente el mismo hombre, pero sin dinero ni empresa, lo que hice habría sido igual de miserable.
Don Andrés lo observó largo rato.
—Ahora sí entendiste.
Víctor asintió.
—Tarde.
—Tarde no siempre significa inútil.
Camila apareció corriendo.
—¡Abuelito Andrés!
Lo tomó de la mano y lo arrastró hacia la mesa.
—Te guardé tu lugar. Mamá hizo enchiladas.
El anciano sonrió.
Por primera vez desde aquel desastre, cenaron juntos sin hablar de auditorías, abogados ni dinero.
Hasta que Camila preguntó:
—¿Papá ya volvió a trabajar?
Víctor sonrió con cierta vergüenza.
—Empiezo el lunes.
Había conseguido empleo en una pequeña empresa de remodelaciones.
Ganaría casi la mitad.
No tendría automóvil de empresa.
Ni bonos enormes.
Ni clientes millonarios.
—¿Y estás triste? —preguntó la niña.
—No —respondió Víctor después de pensarlo—. Creo que voy a dormir mejor.
Don Andrés soltó una pequeña carcajada.
Mariana también.
Aquella frase era cierta.
Durante los meses siguientes, Víctor dejó de esconder el teléfono.
No aparecieron transferencias misteriosas.