Tal vez todo era una trampa.
Pero había otros dos contratos.
En uno de ellos, la firma sí parecía auténtica.
—No recuerdo haberlo firmado —admitió Víctor—, pero ese día estaba trabajando.
La investigación continuó.
Días después, un peritaje confirmó que la primera firma había sido falsificada.
Sin embargo, aparecieron transferencias que conectaban a Consultoría Horizonte con Gerardo Ochoa, un inversionista que compraba departamentos mediante condiciones especiales.
Mariana reconoció entonces otro detalle.
Meses atrás había encontrado en la chamarra de Víctor una tarjeta de Consultoría Horizonte.
Cuando lo enfrentó, Víctor terminó derrumbándose.
—Sí participé.
Mariana sintió un vacío en el estómago.
—¿En qué?
—Sergio, mi subgerente, me ofreció una operación hace dos años. Algunos clientes pagaban una parte mediante Horizonte como “servicios de asesoría”. De esa diferencia yo recibía un porcentaje.
—¿Sabías que estaban sacando dinero de Altavista?
Víctor bajó los ojos.
—Sabía que era irregular. Me convencí de que era una práctica común. Necesitábamos dinero… la camioneta, el crédito del departamento…
—No metas a Camila ni a mí en esto. Tú aceptaste.
Víctor no discutió.
Por primera vez, reconoció su responsabilidad.
Entregó nombres, fechas y mensajes.
Y aquella confesión abrió una puerta inesperada.
Sergio también comenzó a hablar.
Reveló que la idea no había sido suya.
Consultoría Horizonte estaba registrada a nombre de una prima de la esposa de Rodrigo Salgado, el director general.
Además, Don Andrés descubrió que Rodrigo tenía enormes deudas personales y estaba negociando a escondidas con una constructora competidora.
La investigación cambió por completo.
Víctor ya no parecía el cerebro.
Era culpable, sí.
Pero alguien lo había utilizado.
Don Andrés decidió tender una última trampa.
Rodrigo tenía programada una reunión secreta con representantes de la competencia para entregar información sobre clientes de Altavista a cambio de dinero.
Con ayuda de una secretaria de confianza, registraron la conversación.
Durante veinte minutos, Rodrigo habló de comisiones, bases de datos, Consultoría Horizonte y de cómo pensaba desaparecer antes de que la auditoría avanzara.
Cuando Ernesto avisó que tenían suficiente, Don Andrés, Mariana y Víctor entraron a la sala de juntas.
Rodrigo se levantó de golpe.
Sobre la mesa había contratos que jamás debieron salir de la empresa.
—Se acabó, Rodrigo —dijo Don Andrés.
El director general intentó negarlo todo.
Hasta que Ernesto puso la grabación.
Rodrigo quedó blanco.
Mariana se acercó.
—Solo quiero entender una cosa. De todos los empleados que había en esta empresa… ¿por qué Víctor?
Rodrigo la miró fijamente.
Luego sonrió con una amargura que heló la habitación.
—¿Todavía no lo entiendes, Mariana?
Hizo una pausa.
—Yo elegí a tu marido precisamente porque era tu marido.
Y en ese instante, Mariana comprendió que el verdadero secreto todavía no había salido a la luz.
PARTE 3
Nadie habló durante varios segundos.
Víctor fue el primero en reaccionar.
—¿Qué quiere decir con eso?
Rodrigo se dejó caer nuevamente en la silla.
Ya no tenía sentido fingir.
Ernesto tenía los estados de cuenta.
Sergio había declarado.
La conversación con la competencia estaba grabada.
Y frente a él estaba el hombre al que había engañado durante quince años.
—Descubrí quién era realmente Don Andrés hace casi tres años —dijo Rodrigo—. No fue difícil. Un trámite relacionado con unas acciones llevó su nombre a un despacho donde yo tenía contactos. Investigué un poco más y encontré a Mariana.
Miró a Víctor.
—Y después te encontré a ti.
Mariana sintió náuseas.
—¿Me investigó?
—Necesitaba saber qué podía afectar a Andrés.
Don Andrés permanecía inmóvil.
—Continúa.
—Usted nunca confió completamente en nadie. Ni siquiera en su propia familia. Era imposible presionarlo directamente. No presumía dinero, no llevaba una vida ostentosa y mantenía su patrimonio dividido entre sociedades. Pero tenía una debilidad.
Rodrigo señaló a Mariana.
—Ella.
Víctor golpeó la mesa.
—¡No la meta en esto!
—Tú ya la metiste cuando aceptaste el primer dinero.
La frase cayó como una bofetada.
Víctor no pudo responder.
Rodrigo continuó.
Cuando descubrió que Víctor, entonces un vendedor común, estaba casado con la nieta de Don Andrés, ordenó que lo promovieran lentamente.
Después colocó a Sergio como su segundo al mando.
La intención era sencilla: acercarlo a operaciones suficientemente dudosas para obtener pruebas que pudieran destruirlo si algún día era necesario.
—¿Entonces Consultoría Horizonte también era parte del plan? —preguntó Mariana.
—Al principio, sí. Necesitaba una estructura para sacar dinero y, al mismo tiempo, comprometer a alguien cercano a Andrés.
—¿Y escogió a Víctor porque sabía que podía comprarlo?
Rodrigo soltó una sonrisa seca.
—No tuve que comprarlo. Solo tuve que ponerle dinero enfrente.
Víctor cerró los ojos.
Aquella fue probablemente la frase más dolorosa de toda la tarde porque era imposible responder que era mentira.
Rodrigo había preparado la oportunidad.
Había manipulado circunstancias.
Había colocado a Sergio.
Pero Víctor había dicho que sí.
Nadie lo había obligado a recibir dinero.
—¿Para qué quería pruebas contra él? —preguntó Don Andrés.
Rodrigo lo miró.
—Para tener un seguro contra usted.
Finalmente apareció la verdad completa.
Durante años, Rodrigo había resentido que administraba una empresa multimillonaria sin ser realmente su dueño. Era la cara ante bancos, proveedores, clientes y empleados, mientras Don Andrés seguía teniendo la última palabra.
Ese resentimiento creció.
Después llegaron malas inversiones personales.
Deudas.
Préstamos.
Presiones.
Rodrigo comenzó a sacar dinero mediante Consultoría Horizonte, pero entendió que una auditoría profunda podía descubrirlo.
Entonces pensó utilizar a Víctor.
Si Don Andrés intentaba removerlo, Rodrigo podría amenazar con revelar que el esposo de su nieta participaba en un fraude contra la propia compañía familiar.
—Pensé que usted preferiría negociar conmigo antes que ver el nombre de su nieta asociado públicamente a un escándalo —admitió.
Mariana sintió un escalofrío.
No era solamente dinero.
Durante tres años, aquel hombre había convertido su matrimonio en un arma.
—¿Y si mi abuelo nunca intentaba despedirlo?
—Entonces el seguro seguiría guardado.
—¿Años?
—Los que fueran necesarios.
Mariana apretó las manos.
—Usted no veía personas. Veía puntos débiles.
Por primera vez, Rodrigo perdió la sonrisa.
Don Andrés habló entonces.
—Quince años, Rodrigo. Te sentaste en mi mesa. Conociste a mi hija antes de que muriera. Estuviste en su funeral.
Rodrigo desvió la mirada.
—Los negocios son negocios.
—No —respondió Don Andrés—. Eso es lo que dicen los hombres cuando quieren ponerle un nombre elegante a su falta de principios.
Rodrigo intentó levantarse.
—Quiero hablar con mi abogado.
—Por supuesto —dijo Ernesto—. Lo necesitará.
Los representantes de la empresa competidora ya habían abandonado el edificio al comprender que estaban frente a una investigación interna mucho más grave de lo que imaginaron.
La documentación quedó resguardada y aquella misma semana Altavista presentó formalmente las denuncias correspondientes y entregó los movimientos financieros a sus abogados y a las autoridades.
La historia tardó meses en resolverse.
Pero para Mariana lo más difícil comenzó aquella noche, al regresar a casa.
Camila dormía.
Sobre la estufa todavía había frijoles de olla que Mariana había preparado por la mañana.
Víctor se sentó frente a ella sin atreverse a mirarla.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
Mariana entendió inmediatamente lo que quería decir.
¿Vas a dejarme?
Guardó silencio.
—No lo sé.
Víctor tragó saliva.
—Rodrigo me manipuló.
—Sí.
—Me eligió desde antes.
—Sí.
Víctor levantó los ojos con una chispa de esperanza.
Entonces Mariana añadió:
—Pero tú aceptaste.
La esperanza desapareció.
—No voy a permitir que uses lo que hizo Rodrigo para borrar lo que hiciste tú. Él puso la trampa. Tú caminaste hacia ella porque viste dinero.
—Lo sé.
—Mentiste durante dos años. Recibiste depósitos que nunca me explicaste. Cuando empezó la auditoría, te volviste insoportable. Y el día que mi abuelo llegó, descargaste todo tu miedo contra un anciano que creías pobre.
Víctor tenía lágrimas en los ojos, pero Mariana no suavizó las palabras.
—Si hubieras sabido que era dueño de Altavista, lo habrías tratado como rey.
Víctor tardó mucho en responder.
—Sí.
Mariana quedó sorprendida por la respuesta.
Esperaba una excusa.
—Sí —repitió él—. Y eso es lo que más vergüenza me da. Porque significa que aquella noche no fallé por estar nervioso. Fallé porque creí que podía tratar mal a alguien que no tenía nada que ofrecerme.
Mariana bajó la mirada.
Por primera vez desde que comenzó todo, sintió que su esposo entendía realmente el problema.
No era solamente haber perdido el trabajo.
No era solamente el dinero.
Era la clase de hombre en que se había convertido.
Víctor colaboró con la investigación.
Entregó mensajes, agendas y registros de siete operaciones en las que había recibido comisiones ilegales.
También devolvió cada peso que pudo identificar como proveniente de esas operaciones.
Para hacerlo, vendieron la camioneta nueva.
Él entregó sus ahorros.
Todavía faltó dinero y tuvo que conseguir un préstamo.
Mariana se negó a pagar con sus ahorros personales.
—Esa deuda es parte de tus consecuencias —le dijo—. No de las mías.
Víctor aceptó.
Don Andrés tampoco intervino para salvarlo.
—Ser familia mía no significa tener derecho a escapar de tus errores —le explicó—. Te ayudaré a que se conozca toda la verdad. No a esconder tu responsabilidad.
Víctor perdió definitivamente su puesto en Altavista.
Su colaboración y la evidencia de que no era el organizador principal fueron tomadas en cuenta durante el proceso, pero eso no convirtió sus actos en inocentes.
Sergio también fue despedido y obligado a devolver el dinero recibido.
Rodrigo enfrentó la peor parte.
La investigación demostró que Consultoría Horizonte había sido creada bajo su dirección, que una parte importante del dinero había terminado cubriendo deudas personales y que además había intentado entregar información confidencial a una empresa competidora.