Tomé a Mateo y me fui a casa de Fernanda, mi mejor amiga. Esa noche contactamos a Elena Salgado, una abogada familiarista. Le envié copias de todo.
A las dos de la mañana sonó mi teléfono.
—¿Señora Mariana Torres? Habla un agente de la Central Nueva. Tenemos aquí a Valeria Mendoza con una menor llamada Lucía. Intentaba abordar un autobús rumbo a otra ciudad. Los documentos de la niña presentan inconsistencias.
Me levanté de golpe.
—No la dejen ir.
El agente hizo una pausa.
—Hay algo más. La señora Mendoza afirma que usted quiere quitarle a su hija y que todo esto es una venganza contra su esposo. Necesitamos que venga de inmediato. El autobús sale en cuarenta minutos.
Miré a Mateo dormido junto a mí y sentí que el miedo se convertía en furia.
Valeria no estaba huyendo sola.
Alguien la había avisado.
Y yo sabía exactamente quién.
PARTE 3
Fernanda manejó mientras yo llamaba a Elena. Dejamos a Mateo con la mamá de Fernanda para que no escuchara otra discusión.
En la Central Nueva, Lucía estaba sentada junto a una trabajadora del DIF, con una mochilita rosa sobre las piernas. Valeria caminaba de un lado a otro.
—¡Ella no puede llevársela! —gritó al verme—. Yo la he criado cinco años.
La trabajadora social levantó la mano.
—Aquí nadie se va a llevar a la menor hasta aclarar la situación.
Eso me obligó a controlar el impulso de correr hacia Lucía.
Elena llegó poco después y entregó mis expedientes de parto, el estudio de ADN de Mateo y los documentos de la caja fuerte.
—No pedimos que entreguen a la niña sin procedimiento —dijo—. Pedimos que impidan su traslado y den vista a la Fiscalía y al juzgado familiar.
Valeria se dejó caer en una silla.
—Alejandro me dijo que me fuera unos días —murmuró—. Dijo que él arreglaría a Mariana.
Ahí estaba la confirmación.
No era una madre asustada improvisando. Alejandro estaba tratando de mover a Lucía antes de que yo pudiera presentar una denuncia.
Esa mañana, el DIF abrió un expediente de protección y un juez autorizó pruebas genéticas urgentes. Pude ver a Lucía acompañada por una psicóloga. Estaba abrazando un conejo de peluche.
—¿Tú eres amiga de mi papá? —me preguntó.
Me senté a su altura.
—Soy alguien que te quiere mucho, aunque apenas estamos empezando a conocernos.
—Mi mamá dice que tú quieres quitármela.
Me dolió, pero no culpé a la niña.
—Nadie va a obligarte a querer a nadie. Los adultos tenemos que aclarar cosas. Tú no hiciste nada malo.
Lucía me observó y después miró mi tobillo.
Yo llevaba sandalias.
Mi mancha era más pequeña, pero tenía la misma forma.
La niña abrió los ojos.
—Tenemos igual.
No pude evitar que se me llenaran los ojos de lágrimas.
—Sí, mi amor. Tenemos igual.
Tres días después llegaron los resultados.
Compatibilidad biológica entre Lucía y yo: superior al 99.99%.
Compatibilidad entre Valeria y Mateo: superior al 99.99%.
Y Alejandro era el padre biológico de ambos.
La verdad cabía en unas cuantas líneas.
El juzgado me concedió guarda provisional de Lucía. Con Mateo era distinto: legalmente yo aparecía como su madre y era la única mamá que él conocía. Elena pidió que cualquier decisión respetara su interés superior.
—Mateo no es un paquete que se devuelve —me dijo—. Su vínculo contigo importa.
Y la verdad no cambiaba una cosa: yo lo amaba.
La primera noche, Lucía preguntó por Valeria tres veces. Mateo le prestó su lámpara de dinosaurio porque “la luz ayuda cuando uno extraña a alguien”.
Entonces entendí que ellos también eran víctimas. Yo podía odiar a los adultos sin cargar ese odio sobre los niños.
Al día siguiente fui con Elena al Hospital Santa Elena. El doctor Hernández aceptó declarar. Encontramos el expediente original de quirófano: “recién nacida femenina, 2.8 kilogramos, nevo rojizo en tobillo derecho”.
Pero lo más importante apareció cuando la Fiscalía localizó a Claudia Ríos, la enfermera que había trabajado aquella noche.
Al principio lo negó.
Después le mostraron los depósitos.
Trescientos mil pesos en varias transferencias provenientes de una empresa relacionada con la familia Ruiz.
Claudia terminó confesando.
Beatriz la había contactado semanas antes. Alejandro le explicó que habría dos bebés nacidos con pocos días de diferencia. Valeria entregaría a Mateo; Claudia alteraría pulseras, expedientes internos y el registro que recibiría la familia. Mi hija sería sacada como si perteneciera a Valeria.
—Yo pensé que la señora Mariana nunca lo sabría —declaró.
Nunca lo sabría.
Esa frase me persiguió más que cualquier insulto.
Alejandro todavía creyó que podía negociar.
Nos citamos en el despacho de Elena.
Entró con un abogado corporativo y una expresión de hombre acostumbrado a comprar soluciones.