—No.
Mi cuñado empezó a ponerse nervioso.
—Esto no tiene nada que ver conmigo.
—Todavía no he dicho el nombre.
Ricardo se quedó quieto.
Todos lo miramos.
Mariana fue la primera en comprender.
—Ricardo…
—No empieces.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—¿Qué hiciste?
Mi padre se levantó.
—Mariana, cálmate.
Ella lo empujó del brazo.
—¡No me digas que me calme! Me trajiste aquí con mis hijos. Me dijiste que mi hermana había cedido la casa. Ricardo sabía de esos documentos y ahora resulta que hay nueve millones de pesos en deudas.
Luego miró a su esposo.
—¿Nuestra deuda también tiene que ver con esto?
Ricardo guardó silencio.
Mariana comenzó a llorar de verdad.
No con rabia.
Con miedo.
Y por primera vez desde que aquello había empezado, dejé de verla como la hermana que había levantado una copa celebrando mi expulsión.
La vi como una mujer que quizá acababa de descubrir que su marido y su padre habían construido una mentira alrededor de ella.
Pero eso no borraba lo que había hecho.
—Quiero que saquen sus cosas —dije.
Mi padre abrió la boca.
—No.
Lo miré directamente.
—No estoy negociando.
—No puedes echar a tus sobrinos a la calle.
—Mariana tiene su departamento en Metepec.
Ella levantó la cabeza.
—Ya no.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Miró a Ricardo.
—Díselo tú.
Ricardo no habló.
Mariana soltó una risa rota.
—Lo vendió.
—¿Vendiste su departamento?
—Necesitábamos liquidez.
—¿Y dónde está el dinero?
Nadie respondió.
Ahí estaba la pregunta que faltaba.
Millones de pesos de deuda.
El departamento vendido.
Mi padre desesperado.
Ricardo enviando mis documentos.
Y ninguno podía explicar dónde había terminado el dinero.
Mauricio me pidió hablar afuera.
Cerramos la puerta detrás de nosotros.
—Esto ya no parece simplemente el intento desesperado de salvar una empresa —dijo.
—¿Qué estás pensando?
—Que alguien está escondiendo una operación mucho mayor.
—¿Mi padre?
—Quizá.
Miró hacia la casa.
—O tu cuñado.
Entonces su teléfono vibró.
Leyó el mensaje.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué pasó?
—Pedí que revisaran públicamente las sociedades relacionadas con el nombre que aparece en esos documentos.
—¿Y?
Me mostró la pantalla.
Había una empresa constituida meses atrás.
El representante tenía un nombre que yo conocía.
Ricardo Salas.
Pero había un segundo nombre asociado.
Uno que me dejó sin palabras.
Mariana Mendoza.
—Ella dijo que no sabía nada.
—Puede que realmente no lo sepa —respondió Mauricio—. O puede que haya mentido desde el principio.
Regresamos.
Mariana estaba sentada sola.
Ricardo y mi padre discutían en la cocina.
Me acerqué y puse el teléfono frente a ella.
—¿Conoces esta empresa?
Leyó el nombre.
Negó lentamente.
—Nunca la había visto.
—Apareces relacionada con ella.
Su rostro se quedó blanco.
—Eso es imposible.
Ricardo apareció detrás.
—Dame ese teléfono.
Mauricio se interpuso.
—Ni se le ocurra.
Mariana miró a su esposo.
—¿Usaste mis documentos?
Ricardo ya no podía sostenerle la mirada.
Y entonces comprendí algo.
—Mariana —pregunté—, cuando vendieron el departamento, ¿tú firmaste personalmente?
—Sí.
—¿Qué más firmaste ese día?
Se quedó pensando.
—Ricardo llevó varios papeles. Dijo que eran trámites fiscales y bancarios.
Mauricio y yo nos miramos.
La historia empezaba a cambiar.
Tal vez mi padre había falsificado mi firma.
Pero Ricardo podría haber hecho algo parecido con Mariana usando documentos que ella sí había firmado sin leer.
—Necesitamos revisar todo —dijo Mauricio.
Mi padre apareció.
—Nadie va a revisar nada.
Fue la primera vez que sonó realmente asustado.
No furioso.
Asustado.
—¿Por qué? —pregunté.
No contestó.
Entonces mi madre entró por la puerta.
Nadie esperaba verla.
Llevaba la misma bolsa del día anterior.
Ernesto se puso pálido.
—Elena, ¿qué haces aquí?
Ella no respondió.
Caminó hasta la mesa y sacó un sobre amarillo.
—Encontré esto anoche.
Mi padre dio un paso hacia ella.
—Dámelo.
Mi madre retrocedió.
—No.
—Elena.
—Durante cuarenta y dos años hice lo que me pediste. Callé cuando pedías dinero. Callé cuando mentías. Callé cuando pusiste a nuestras hijas una contra la otra.
Sus manos temblaban.
—Pero esto no.
Me entregó el sobre.
Mi padre intentó quitármelo.
Mauricio se interpuso.
—Señor Mendoza, no toque nada.
Abrí el sobre.
Dentro había un contrato.
No era el crédito.
No era la garantía.
Era un acuerdo privado firmado meses antes.
Y por fin entendí por qué necesitaban instalar a Mariana dentro de mi casa.
Mi padre no pretendía simplemente utilizar la propiedad como respaldo.
Había prometido algo mucho más peligroso a cambio del dinero.
En la última página aparecían tres firmas.
La de Ernesto.
La de Ricardo.
Y una tercera que hizo que Mariana se levantara de golpe.
—Esa no es mi firma.
Levanté la vista.
Mi padre estaba inmóvil.
Ricardo retrocedió hacia la puerta.
Mauricio tomó el documento y comenzó a leerlo con atención.
Pasaron diez segundos.
Luego veinte.
—Gabriela —dijo finalmente—, no dejes que nadie salga de aquí con ningún documento.
—¿Qué dice?
Mauricio levantó la mirada.
—Dice quién iba a quedarse con esta propiedad si Ernesto no pagaba.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Quién?
Mauricio giró lentamente la última página hacia mí.
Y cuando vi el nombre, entendí por qué mi padre había estado dispuesto a destruir a sus dos hijas antes que permitir que aquel documento saliera a la luz.