—Tu papá dijo que Gabriela había dado permiso.
Mi padre golpeó la mesa.
—¡Ya basta!
Nadie habló.
—Todo lo hice por esta familia —continuó—. ¿Creen que quería llegar a esto? La empresa se estaba hundiendo. Tenía empleados. Proveedores. Familias que dependían de mí.
Lo miré.
—Entonces decidiste usar mi patrimonio.
—Solo temporalmente.
—Con una firma falsa.
—¡Yo sabía que al final ayudarías!
Esa frase me dolió más que cualquier insulto.
No porque fuera cruel.
Porque resumía toda nuestra relación.
Nunca me preguntaba.
Simplemente daba por hecho que yo pagaría.
—Te di dinero durante años.
—Y yo soy tu padre.
—Eso no te convierte en dueño de lo mío.
Mariana dejó caer los papeles sobre la mesa.
—Papá, tú dijiste que Gabriela había firmado.
Ernesto no respondió.
—¡Me dijiste que ella había aceptado!
—Necesitabas una casa.
—Yo necesitaba ayuda, no meterme en un fraude.
Ricardo intervino.
—No exageres.
Mariana se volvió hacia él.
—¿Tú también lo sabías?
—Sabía que había un trámite.
—¿Qué trámite?
Ricardo miró a mi padre.
Ese movimiento lo delató.
Mariana comenzó a llorar.
Pero yo todavía no estaba satisfecha.
Había algo que no encajaba.
Si únicamente necesitaban garantizar un préstamo, ¿para qué trasladar físicamente a toda la familia?
Mauricio parecía pensar lo mismo.
—Señor Mendoza —preguntó—, ¿quién le dijo que necesitaba acreditar ocupación?
Mi padre no contestó.
—Porque para una garantía legítima de un inmueble ajeno, meter a su hija en la casa no sustituye el consentimiento de la propietaria.
Ernesto se sentó lentamente.
Ahí comprendí que existía otra capa.
—Papá —dije—. ¿Qué estabas intentando hacer realmente?
No respondió.
Entonces escuchamos un automóvil detenerse afuera.
Ricardo caminó hacia la ventana.
Su cara cambió.
—¿A quién llamaste? —preguntó.
—A nadie.
Dos hombres bajaron de un vehículo.
Uno llevaba un portafolio.
Mi padre murmuró algo que no entendí.
—¿Los conoces? —pregunté.
No contestó.
Mauricio miró por la ventana.
—No abras todavía.
Uno de los hombres tocó el timbre.
Luego volvió a hacerlo.
Mi padre se levantó.
—Yo arreglo esto.
Me interpuse.
—No.
—Gabriela, quítate.
—¿Quiénes son?
—No es asunto tuyo.
Solté una risa corta.
—Están tocando la puerta de mi casa. Claro que es asunto mío.
El timbre volvió a sonar.
Esta vez Mauricio abrió.
El hombre del portafolio preguntó:
—¿Se encuentra el señor Ernesto Mendoza?
—¿Quién lo busca?
El hombre mostró una identificación profesional y explicó que necesitaban entregar documentación relacionada con una obligación mercantil.
Mi padre cerró los ojos.
No era una visita amistosa.
Mauricio recibió los documentos sin hacer declaraciones por nosotros y revisó la primera página.
Su expresión se endureció.
—Ernesto —dijo—, esto no habla de 4.6 millones.
Mi padre no respondió.
—¿Cuánto? —pregunté.
Mauricio levantó la mirada.
—Más de nueve millones de pesos, considerando otras obligaciones mencionadas aquí.
Mariana se dejó caer en una silla.
—Dios mío.
Mi padre finalmente explotó.
—¡Iba a resolverlo!
—¿Cómo? —pregunté—. ¿Con mi casa?
—Era la única propiedad suficientemente valiosa.
—No era tu propiedad.
—¡Pero eres mi hija!
Aquella frase ya no tenía poder sobre mí.
—Exactamente. Soy tu hija. No tu banco.
Los hombres se marcharon después de completar la entrega.
Mauricio continuó revisando.
De pronto se detuvo.
—Hay otra empresa involucrada.
Ricardo intentó acercarse.
—Déjame ver.
Mauricio cerró la carpeta.