Y otra letra.
“E”.
Ernesto.
Pero también aparecía una tercera inicial en varias operaciones.
Una “R”.
—¿Quién es R? —pregunté.
Gabriela no respondió inmediatamente.
Sacó de su bolsa un sobre.
—Antes de decirle eso, Laura, tiene que entender algo. Su coche no fue elegido al azar.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Qué quieres decir?
Gabriela deslizó hacia mí una hoja impresa.
Era una lista de clientes.
Junto a cada nombre había información sobre el vehículo, reparaciones anteriores y montos estimados.
Encontré el mío.
Laura Mendoza.
Pero al lado de mi nombre había una anotación que me dejó helada:
“Referida por R. Cliente confiada. Necesita vehículo para trabajo. Alta probabilidad de aceptar financiamiento.”
Levanté la mirada.
—¿Quién escribió esto?
Gabriela abrió el sobre.
Dentro había una copia de un mensaje.
—La persona que recomendó que usted llevara su coche a ese taller.
Entonces recordé algo que había olvidado por completo.
Yo nunca había encontrado aquel taller por internet.
Alguien me lo había recomendado personalmente.
Alguien que sabía cuánto dependía de mi coche.
Alguien que conocía mi trabajo.
Y alguien que, durante todo ese tiempo, había fingido estar tan sorprendido como yo.
Gabriela puso un dedo sobre la inicial “R”.
—Laura, antes de seguir necesito preguntarle algo.
—¿Qué?
—¿Qué tan bien conoce usted a Ricardo Salgado?
Me quedé inmóvil.
Mi vecino.
El hombre que supuestamente también había sido víctima.
El primero que llegó con documentos.
El que me recomendó el taller.
El mismo que después me ayudó a localizar a otros clientes.
Gabriela abrió finalmente el sobre y comenzó a sacar una serie de comprobantes bancarios.
—Porque según estos registros —dijo—, Ricardo no perdió dinero con ellos.
Colocó el primer comprobante frente a mí.
—Recibió dinero.
Y cuando vi la cantidad depositada y el concepto que aparecía junto a su nombre, entendí que la historia que Ricardo me había contado desde el principio podía haber sido una mentira.
Pero todavía faltaba saber por qué me había elegido a mí.