Esta vez pude reconocerlo.
Era Ernesto.
El propietario.
Había estado allí aquella noche.
Eso significaba que cuando se sentó frente a mí diciendo que estaba “descubriendo irregularidades”, probablemente ya sabía mucho más de lo que admitía.
Llamé a Mateo.
—Necesito preguntarte algo y quiero la verdad.
—Dígame.
—¿Ernesto sabía?
Mateo no respondió.
—Mateo.
—Sí.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Desde cuándo?
—No sé exactamente.
—Pero lo viste participar.
—Sí.
Entonces comprendí algo todavía peor.
Ernesto no había ofrecido devolverme el coche porque acabara de descubrir lo ocurrido.
Había intentado controlar el problema antes de que los clientes nos organizáramos.
Pero todavía quedaba una pregunta.
¿Por qué había permitido que Óscar cargara con toda la responsabilidad?
Mateo me dio la respuesta.
—Porque Óscar guardaba una segunda contabilidad.
—¿Qué significa eso?
—Había dinero que no aparecía igual en los registros normales.
—¿Tienes pruebas?
—Yo no.
Hizo una pausa.
—Pero sé quién las tiene.
El nombre me sorprendió.
Gabriela.
La contadora que había trabajado seis años para Ernesto y que, según Mateo, fue despedida repentinamente tres meses antes.
Conseguimos localizarla.
Al principio se negó a hablar.
Después le envié una fotografía de mi orden de servicio.
Me llamó cinco minutos más tarde.
—¿Dónde consiguió esto?
—Es mi expediente.
—Entonces tenemos que vernos.
Nos citamos en un restaurante pequeño al norte de Querétaro.
Gabriela llegó cargando una carpeta azul.
No pidió café.
No pidió comida.
Solo dejó la carpeta sobre la mesa.
—Yo llevaba meses esperando que alguien preguntara.
Abrió el primer documento.
Había números de órdenes de servicio, cantidades cobradas y columnas marcadas con iniciales.
Reconocí el número de mi expediente.
A un lado aparecía:
$96,400.
Debajo había otra cantidad:
$31,000.
—¿Qué son esos treinta y un mil?
Gabriela me miró directamente.
—Eso era lo que realmente esperaban gastar si usted aceptaba la reparación.
Sentí náuseas.
Casi $65,000 pesos de diferencia.
Pero Javier señaló otra columna.
—¿Y estas letras?
Gabriela cerró la carpeta.
—Eso es lo importante.
—¿Qué significan?
Miró alrededor antes de contestar.
—Indican cómo se repartía el dinero adicional.
Me quedé mirando las iniciales.
Había una “O”.
Óscar.